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Metodologías Multiaxiales y Modelo Psicobiológico de Mills

MVZ EMVC (EC) Emiliano Arias Vega

Sinopsis · Categoría: Metodología clínica · Aplicación: Todas las especies

Las metodologías multiaxiales reconocen que ningún eje de evaluación aislado es suficiente para explicar la complejidad de un problema comportamental. El modelo formal de 5 ejes de Fatjó y Bowen (2020) proporciona un marco diagnóstico integrador que evalúa simultáneamente las dimensiones conductual (con herramientas como el C-BARQ), de rasgos de personalidad, médica, ambiental y de desarrollo. El modelo psicobiológico de Daniel Mills funciona como puente entre la neurociencia afectiva, la etología y la psicología, rechazando tanto la jerarquía patológica rígida como el reduccionismo conductista. Su aportación central es la triangulación diagnóstica: la formulación de hipótesis funcionalmente falsables sobre el estado emocional real del paciente, construidas a partir de la distinción rigurosa entre motivación (el objetivo de la conducta) y emoción (la relación funcional del animal con el estímulo), y puestas a prueba mediante la comparación sistemática del comportamiento observado con el repertorio natural de señales de la especie. Ambos enfoques son compatibles con el marco dimensional RDoC del NIMH y representan la vanguardia de la medicina del comportamiento contemporánea.


Los modelos diagnósticos uniaxiales (tanto el nosológico francés como el fenomenológico anglosajón) comparten una limitación estructural: concentran el diagnóstico en una sola dimensión (el estado mental subyacente o el contexto funcional de la conducta), asumiendo que esa dimensión es suficiente para explicar la complejidad del cuadro (Mills, 2003; Fatjó y Bowen, 2020). La evidencia clínica acumulada muestra que los problemas del comportamiento emergen de la interacción entre múltiples factores simultáneos (la vulnerabilidad biológica del individuo, su historia de aprendizaje, el entorno físico y social, el estado médico subyacente y el vínculo con el tutor), ninguno de los cuales es suficiente como explicación aislada (Mills, 2003; Fatjó y Bowen, 2020). La propuesta multiaxial surge de este reconocimiento: el diagnóstico final debe emerger de la evaluación integrada de todas estas dimensiones (Fatjó y Bowen, 2020).


Diagnóstico multiaxial: el modelo de cinco ejes (Fatjó y Bowen)

Sección titulada «Diagnóstico multiaxial: el modelo de cinco ejes (Fatjó y Bowen)»

El modelo formal de cinco ejes fue propuesto por Fatjó y Bowen (2020) como una estructura diagnóstica con validación preliminar para mascotas, superando los sistemas categoriales del DSM/CIE que tienden a ser reduccionistas y descartan información clínica relevante (Fatjó y Bowen, 2020). El modelo evalúa cinco ejes de forma independiente y equitativa, sin jerarquía entre ellos:

EjeDimensiónContenido
IConducta (Behaviour)Descripción detallada de la conducta problema mediante herramientas validadas (ej. C-BARQ); diagnóstico descriptivo no sesgado por la queja principal del tutor
IIRasgos (Traits)Temperamento y personalidad del paciente; características transdiagnósticas derivadas de historia clínica y pruebas psicométricas
IIISalud (Health)Historia médica pasada y actual; evaluación de su contribución etiológica a la conducta problema
IVEntorno y desarrolloFactores ambientales, historia de aprendizaje, períodos sensibles, vínculo humano-animal, dinámica del grupo conviviente
VSíntesis globalIntegración de los cuatro ejes anteriores en un diagnóstico integrador con implicaciones terapéuticas y pronósticas

La utilidad del modelo reside en que obliga al clínico a no cerrar el diagnóstico hasta haber evaluado cada eje de forma explícita, evitando el error de atribuir una conducta problema a una causa única cuando en realidad refleja la interacción de múltiples factores (Fatjó y Bowen, 2020; Mills, 2003).

Actualización clínica: El modelo de 5 ejes de Fatjó y Bowen se alinea con el marco de los Research Domain Criteria (RDoC) del NIMH, que propone una evaluación dimensional a lo largo de un espectro continuo (normal → anormal) en lugar de categorías dicotómicas, integrando simultáneamente mecanismos genéticos, neurobiológicos, ambientales y de desarrollo. Este enfoque “bottom-up” (de mecanismos a diagnóstico) reemplaza el enfoque “top-down” (de síntomas a etiqueta) de los manuales clásicos (Fatjó y Bowen, 2020).


El modelo psicobiológico propuesto por Daniel Mills representa la propuesta más elaborada dentro de la corriente integradora de la medicina del comportamiento veterinario contemporánea (Mills, 2003, 2014). Identifica tres grandes paradigmas en el estudio clínico del comportamiento: el paradigma conductual (contingencias observables), el paradigma médico (marcadores fisiológicos y patología del SNC) y el paradigma psicobiológico (integración de ambos para formular hipótesis falsables sobre los estados emocionales en el entorno natural del animal) (Mills, 2003). Funciona como puente entre la neurobiología, la emoción, la función evolutiva y las contingencias del entorno, rechazando simultáneamente dos reduccionismos opuestos: la jerarquía patológica rígida de la escuela francesa (que puede sobremedicralizar conductas adaptativas) y el reduccionismo conductista que niega los estados afectivos internos como variables clínicamente relevantes (Mills, 2003; Mendl et al., 2010).

Según este modelo, las emociones primarias (miedo, frustración, alegría, deseo) son sistemas biológicos adaptativos que organizan el procesamiento de información para emitir respuestas de supervivencia eficaces en el entorno evolutivo de la especie (Mills, 2014; Paul et al., 2005). El miedo, por ejemplo, no es simplemente una respuesta conductual observable sino un sistema integrador que modifica la atención, la memoria, la toma de decisiones y la respuesta motora de forma coordinada para maximizar la probabilidad de supervivencia ante una amenaza (Paul et al., 2005; Mendl et al., 2010). Cuando este sistema se desregula (por sobrecarga alostática, plasticidad patológica del circuito límbico o déficits en el período sensible), la evaluación subjetiva de amenaza se distorsiona y la conducta problema emerge como producto de esa evaluación errónea, no como un defecto de entrenamiento (Mills, 2014; Mendl et al., 2010).

Arousal y estado afectivo: el modelo tridimensional de Thayer

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El modelo de Thayer distingue tres dimensiones independientes del estado emocional: valencia (placer-displacer), activación (vigor-fatiga) y tensión-relajación (Mendl et al., 2010; Paul et al., 2005). La distinción entre arousal (activación conductual observable) y estado afectivo subyacente es diagnósticamente crítica: el arousal puede elevarse tanto en contextos de valencia positiva (juego, anticipación) como en contextos de valencia negativa (miedo, frustración), y confundirlo con el estado emocional conduce a interpretaciones clínicas erróneas. Un perro con alta activación conductual no está necesariamente asustado, y un perro inhibido no está necesariamente tranquilo. La triangulación diagnóstica de Mills opera sobre esta distinción: separar el nivel de arousal del estado afectivo subyacente es el primer paso antes de asignar cualquier etiqueta diagnóstica (Mills, 2003; Paul et al., 2005).

Estilos de afrontamiento como moduladores del diagnóstico

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El modelo de estilos de afrontamiento de Koolhaas distingue dos perfiles biológicamente distintos: el perfil proactivo (respuesta activa de lucha/huida, formación rápida de rutinas, alta activación simpática, baja reactividad del eje HPA) y el perfil reactivo (respuesta de inhibición/evitación, alta reactividad del eje HPA, mayor flexibilidad ante entornos cambiantes) (Mills, 2003; Mendl et al., 2010). Un error frecuente en la valoración clínica es asumir que los perros con afrontamiento pasivo tienen menor nivel de estrés porque exhiben menos conductas activas observables; en realidad, el afrontamiento reactivo puede generar activaciones del eje HPA equivalentes o superiores a las del afrontamiento proactivo, expresadas como inhibición conductual, anorexia, estereotipias o signos autonómicos en lugar de agresión o escape. Incorporar el perfil de afrontamiento en el Eje II (Rasgos) de la formulación multiaxial evita subestimar el sufrimiento de los pacientes que responden al estrés de forma pasiva y orienta la selección de estrategias de intervención apropiadas para cada perfil (Mills, 2003).

La impulsividad es un modificador biológico del diagnóstico vinculado al balance serotonina/dopamina basal y correlacionado con conductas de agresión dirigida al humano, déficits en la atención sostenida y dificultades en el aprendizaje de respuestas de inhibición (Mills, 2014; Fatjó y Bowen, 2020). La escala DIAS (Dog Impulsivity Assessment Scale) cuantifica este rasgo de forma validada y puede incorporarse al Eje II de la formulación multiaxial. Un paciente con alta impulsividad basal requiere protocolos que prioricen el desarrollo del control inhibitorio antes de abordar los estímulos detonantes específicos, un orden de intervención inverso al estándar que la formulación multiaxial ayuda a identificar y justificar (Mills, 2014).


La aportación metodológica más original del modelo de Mills es la triangulación diagnóstica: la formulación de hipótesis funcionalmente falsables sobre el estado emocional real del paciente, que se ponen a prueba mediante la comparación sistemática del comportamiento observado con el repertorio natural de señales de la especie (Mills, 2003; Karagiannis et al., 2015).

Un paso previo crítico es distinguir con rigor la motivación (el objetivo o meta que persigue la conducta, ej. obtener distancia del estímulo) de la emoción (la relación funcional subjetiva que el animal tiene con ese estímulo, ej. miedo vs. frustración vs. conflicto) (Mills, 2014). Dos animales pueden compartir la misma motivación (obtener distancia) con emociones radicalmente distintas, lo que lleva a protocolos de intervención completamente diferentes. La triangulación opera sobre la emoción, no sobre la motivación (Mills, 2003; Mills, 2014).

El clínico formula hipótesis alternativas sobre el estado emocional subyacente (por ejemplo, “¿este perro guarda el recurso por miedo o por frustración?”) y luego busca evidencia etológica que permita discriminar entre ellas (Mills, 2003):

  • Postura corporal: en el miedo, el cuerpo tiende a encogerse, las orejas retroceden, la cola se baja o se tensa cerca del cuerpo; en la frustración, el cuerpo tiende a avanzar con rigidez, las orejas quedan adelantadas (Karagiannis et al., 2015).
  • Secuencia conductual: el miedo genera una secuencia organizada de señales de apaciguamiento antes de escalar; la frustración puede omitir estas señales y escalar abruptamente (Mills, 2003).
  • Respuesta ante la retirada del estímulo: el animal con miedo cesa la respuesta cuando el estímulo se retira; el animal con frustración puede mantenerla o aumentarla brevemente (Mendl et al., 2010).

Esta triangulación es la que permite diseñar intervenciones terapéuticas precisas: si la hipótesis de miedo es correcta, el protocolo es DS/CC; si la hipótesis de frustración es correcta, el protocolo debe abordar la tolerancia a la demora de refuerzo y el control de impulsos (Mills, 2003; Mills et al., 2013).

El paradigma de la tarea irresoluble (unsolvable task) añade una dimensión específica a la triangulación: ante una tarea que no puede resolverse por medios independientes, los perros sin carga ansiosa crónica utilizan conductas de búsqueda de ayuda (gaze referencing, miradas alternadas entre el problema y el tutor) como respuesta activa ante la insolubilidad (Mendl et al., 2010). Los perros con ansiedad crónica utilizan estrategias de evitación pasiva e inhibición conductual sin redirigir la conducta hacia el humano. Esta diferencia en la estrategia de afrontamiento separa diagnósticamente la inhibición como producto de la ansiedad de la inhibición como producto de la incontrolabilidad aprendida, dos estados que pueden coexistir en el mismo paciente y que requieren abordajes terapéuticos distintos (Mills, 2003; Mendl et al., 2010).


El modelo de Mills orienta la terapia hacia la modificación activa de la evaluación subjetiva de amenaza del paciente, en lugar de limitarse a suprimir operantemente la topografía de la conducta problema (Mills, 2014; Karagiannis et al., 2015). Esta distinción es clínicamente relevante porque la supresión conductual sin modificación emocional genera conductas de sustitución, fijaciones alternativas o la pérdida de las señales de advertencia, que son más peligrosas que la conducta original (Mills, 2003; Mendl et al., 2010). Las intervenciones que este marco orienta incluyen:

  • DS/CC para modificar la valencia emocional del estímulo aversivo
  • Farmacoterapia para restaurar el umbral de evaluación emocional
  • Enriquecimiento cognitivo para incrementar la predictibilidad y controlabilidad del entorno
  • Modificación del contexto social para reducir la carga alostática crónica (Mills et al., 2013; Karagiannis et al., 2015)

  • Integra neurobiología, emoción y contingencias ambientales en un marco coherente (Mills, 2003).
  • La triangulación diagnóstica proporciona criterios metodológicos para discriminar entre hipótesis emocionales alternativas (Mills, 2003; Karagiannis et al., 2015).
  • Evita tanto la sobre-medicalización de conductas adaptativas como la subestimación del sufrimiento del paciente (Mills, 2014).
  • Mayor complejidad metodológica que los modelos uniaxiales; requiere competencia etológica avanzada para aplicar la triangulación con rigor (Mills, 2003).
  • La validación empírica formal de algunos de sus constructos es aún limitada en el contexto de la clínica veterinaria (Fatjó y Bowen, 2020).

  1. Mills, D. S. (2003). Medical paradigms for the study of problem behaviour: A critical review. Applied Animal Behaviour Science, 81(3), 265-277.
  2. Mills, D. S. (2014). How well do we understand the behavioural biology of companion animals? Applied Animal Behaviour Science, 157, 1-6.
  3. Mills, D. S., Dube, M. B., & Zulch, H. (2013). Stress and pheromonatherapy in small animal clinical behaviour. Wiley-Blackwell.
  4. Fatjó, J., & Bowen, J. (2020). A multiaxial approach to the behavioral diagnosis of pets: Proposal and preliminary validation. Animals, 10(10), 1740.
  5. Mendl, M., Burman, O. H. P., & Paul, E. S. (2010). An integrative and functional framework for the study of animal emotion and mood. Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences, 277(1696), 2895-2904.
  6. Paul, E. S., Harding, E. J., & Mendl, M. (2005). Measuring emotional processes in animals: The utility of a cognitive approach. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 29(3), 469-491.
  7. Karagiannis, C. I., Burman, O. H. P., & Mills, D. S. (2015). Dogs demonstrate the existence of an emotional optimism bias during a non-spatial cognitive task. Learning & Behavior, 43(3), 264-272.
  8. Overall, K. L. (2013). Manual of clinical behavioral medicine for dogs and cats. Elsevier.