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Agresión Territorial

MVZ EMVC (EC) Emiliano Arias Vega

Sinopsis · Especie: Canino · Categoría: Comportamiento

La agresión territorial en el perro doméstico es una respuesta conductual estructurada cuya función biológica primordial es la defensa y exclusión de individuos extraños del área geográfica percibida como propia. Su sustrato neurobiológico incluye vías dopaminérgicas de motivación territorial, vasopresina hipotalámica y andrógenos que reducen el umbral de activación límbica. El mecanismo de aprendizaje operante (el ladrido “ahuyenta” al cartero y la conducta se refuerza negativamente) es determinante para la cronicidad del cuadro. El abordaje clínico exige mapeo del territorio activo, gestión del acceso a los puntos de disparo, DS/CC estructurada y farmacoterapia cuando la impulsividad impide trabajar por debajo del umbral. El pronóstico depende del compliance del tutor, la delimitación del territorio y la severidad del historial de mordidas.


La agresión territorial en el perro doméstico se define etológicamente como una respuesta conductual estructurada cuya función biológica primordial es la defensa, exclusión y repulsión de individuos extraños fuera de un área geográfica específica (Burt, 1943; DePorter, 2018). Desde una perspectiva evolutiva adaptativa, la exhibición de agresividad territorial garantiza a los miembros del grupo el control exclusivo sobre recursos vitales para la supervivencia y la reproducción, tales como alimento, refugio y parejas receptivas (Borchelt, 1983; Overall, 2013). En el cánido doméstico contemporáneo, el substrato motivacional de esta conducta perdura firmemente aunque los recursos originales de supervivencia ya no sean necesarios, lo que convierte a la guardia territorial en una conducta funcionalmente disociada de su contexto evolutivo originario (Jewell, 1966; Fatjó, 2014).

Para el perro doméstico, el concepto de territorio no se limita al domicilio ni al jardín adyacente, sino que abarca cualquier espacio que el animal asocie fuertemente con seguridad, familiaridad y control ambiental (Landsberg et al., 2013). En la práctica clínica, el territorio activo se extiende de manera consistente hacia zonas móviles (el interior del vehículo del tutor o las rutas habituales de paseo), donde el perro replica el mismo patrón de alerta y amenaza observado en el hogar (DePorter, 2018; Overall, 1997). El límite percibido puede coincidir con una barrera física real, como una cerca o una puerta, o puede ser completamente imaginario y delineado por la longitud de la correa de sujeción o el campo visual del animal desde una ventana (Horwitz, 2018; Overall, 2013). Esta plasticidad del concepto territorial tiene implicaciones diagnósticas directas: un perro que solo es agresivo en el vehículo o en un área específica del paseo exhibe el mismo patrón topográfico que el que defiende el hogar, y ambos responden al mismo protocolo clínico (DePorter, 2018).

Guardia territorial adaptativa vs. patológica

Sección titulada «Guardia territorial adaptativa vs. patológica»

La diferenciación clínica entre una guardia territorial adaptativa y una presentación patológica depende críticamente de la proporcionalidad de la respuesta ante la amenaza y de la capacidad del paciente para recuperar la homeostasis emocional una vez resuelta la intrusión (Frank, 2014; Mills et al., 2014). El comportamiento se considera funcionalmente adaptativo cuando el perro advierte visual y acústicamente sobre la intrusión (ladrido de alerta, piloerección, avance hacia el límite) y detiene la exhibición de amenaza de forma inmediata si el intruso se retira o si el tutor asume activamente el control de la interacción social (Luescher y Reisner, 2008; Overall, 2013). La agresividad territorial alcanza un grado patológico y maladaptativo cuando el animal mantiene un estado de hipervigilancia crónica con umbral de activación casi nulo ante estímulos inofensivos y lejanos, perpetra ataques desinhibidos con lesiones severas frente a individuos que no han transgredido límites físicos reales, o es incapaz de interrumpir la escalada aunque el tutor intervenga (DePorter, 2018; Overall y Love, 2001).

Territorio vs. recurso: distinción funcional

Sección titulada «Territorio vs. recurso: distinción funcional»

La distinción clínica entre territorio y recurso es importante porque tiene implicaciones diagnósticas y terapéuticas directas (Borchelt, 1983; Horwitz, 2018). En la agresión territorial, el objeto de defensa es el espacio geográfico en sí mismo; en la agresión por protección de recursos (incluyendo la figura del tutor como recurso social), la conducta defensiva es móvil y se desencadena por la proximidad de la figura de apego independientemente de la ubicación geográfica (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013). Un perro que solo es agresivo en casa pero que es sociable con desconocidos en parques o contextos neutros exhibe un patrón puramente territorial; si la agresividad persiste en cualquier escenario cuando el tutor está presente, el diagnóstico diferencial debe incluir agresión protectora (Horwitz, 2018; DePorter, 2018).

La agresión territorial desde distintos marcos conceptuales

Sección titulada «La agresión territorial desde distintos marcos conceptuales»

Los marcos conceptuales de la medicina del comportamiento veterinario (escuela francesa, modelo anglosajón, metodologías multiaxiales, ABA y cognitivismo) se desarrollan en detalle en: Marcos conceptuales en medicina del comportamiento veterinario

Lo que el modelo anglosajón clasifica como “agresión territorial” agrupa presentaciones clínicas que los demás marcos conceptuales evaluarían según la función del espacio para el animal, la historia de aprendizaje operante y el estado emocional que motiva la defensa (Mills, 2003; Overall, 2013). Esta distinción tiene relevancia terapéutica directa: la agresión territorial mantenida por reforzamiento operante responde bien a la gestión del acceso al punto de disparo, mientras que la agresión territorial con componente ansioso concurrente requiere además farmacoterapia de base (Pageat, 1998; Fatjó y Bowen, 2020).

Presentación clínicaModelo francés (Pageat)Modelo multiaxial (Fatjó/Bowen + Mills)Perspectiva ABAPerspectiva cognitivista
Ladrido y embestida ante personas desconocidas en el perímetro del hogarAgresión territorial primaria: conducta de defensa del espacio con función biológica adaptativa; se evalúa si hay estado ansioso concurrente que amplíe la intensidad de la respuesta más allá de lo esperado para la especie/raza (Pageat, 1998; Landsberg et al., 2013)Eje conductual: agresión ofensiva ante intrusión en territorio; eje ambiental: dimensiones del territorio, frecuencia de exposición a intrusos; triangulación: determinar si el estado emocional es motivación territorial pura o miedo concurrente (Fatjó y Bowen, 2020; Mills, 2003)La partida del intruso (cartero, repartidor) funciona como reforzador negativo potente y consistente; la agresión se consolida rápidamente por el programa de reforzamiento natural (cada intruso que se va refuerza la conducta) (Michael, 1982; Vollmer y Mehrkam, 2015)Appraisal de amenaza a la integridad espacial: el intruso es evaluado como violación del perímetro de seguridad; la evaluación es predictiva (el intruso siempre se va) lo que refuerza cognitivamente la eficacia de la agresión (Mendl et al., 2010; Paul et al., 2005)
Agresión en el vehículo del tutorAgresión territorial con extensión al territorio móvil: el vehículo es evaluado como extensión del territorio personal; diferente pronóstico que la agresión territorial fija debido a la mayor exposición a estímulos activadores en contexto móvil (Pageat, 1998)Eje conductual: agresión territorial en espacio reducido; eje ambiental: el vehículo como territorio de alta densidad de estímulos; eje emocional: evaluar si hay ansiedad al movimiento concurrente que amplifique la respuesta (Fatjó y Bowen, 2020)El espacio del vehículo adquirió propiedades discriminativas de territorio; la agresión se mantiene por el mismo ciclo de reforzamiento que en el hogar; la restricción espacial del vehículo amplifica la reactividad (Lindsay, 2001; Vollmer y Mehrkam, 2015)Appraisal de territorio reducido y alta densidad de intrusos: la evaluación de amenaza es más intensa en el espacio confinado del vehículo; la densidad de estímulos activa con mayor frecuencia el sistema defensivo (Mendl et al., 2010)
Agresión en ruta de paseo habitualGeneralización territorial a rutas conocidas: el territorio se ha expandido más allá del perímetro doméstico; evaluar si hay historia de socialización deficiente con extraños que añada componente de miedo (Pageat, 1998; Landsberg et al., 2013)Eje conductual: agresión territorial en espacio extendido; eje ambiental: mapear el territorio funcional del animal; eje psicosocial: evaluar si las rutas habituales son percibidas como territorio propio o como espacio compartido con carga de miedo a desconocidos (Fatjó y Bowen, 2020)El paseo habitual establece un historial de marcaje y exploración que convierte la ruta en contexto discriminativo de territorio; los encuentros con extraños en esa ruta se refuerzan negativamente cuando el extraño cede espacio (Lindsay, 2001)Appraisal de propiedad del espacio conocido: la familiaridad con la ruta genera una representación cognitiva de pertenencia; los estímulos desconocidos en ese espacio son evaluados como intrusores (Mendl et al., 2010; Paul et al., 2005)
Agresión territorial con marcado componente ansioso (ladrido excesivo, dificultad para calmarse)Agresión territorial con ansiedad concurrente: la intensidad de la respuesta o la dificultad de recuperación de la homeostasis post-episodio sugiere estado ansioso subyacente; el diagnóstico de estado incluye ambos componentes (Pageat, 1998; Landsberg et al., 2013)Eje conductual: agresión territorial; eje emocional: estado afectivo negativo que no remite tras la retirada del intruso; la persistencia de la activación post-estímulo es el criterio que indica comorbilidad ansiosa (Fatjó y Bowen, 2020; Mills, 2014)La hiperactivación post-estímulo indica que la agresión no es solo operante: el estado emocional actúa como operación motivacional adicional que prolonga la activación más allá del reforzamiento negativo inmediato (Michael, 1982; Laraway et al., 2003)Sesgo cognitivo ansioso superpuesto al appraisal territorial: la evaluación de amenaza persiste cognitivamente después de que el intruso se retiró; la rumiación cognitiva prolonga el estado de alerta (Mendl et al., 2010; Karagiannis et al., 2015)

Identificar si la agresión territorial responde principalmente a contingencias operantes o si hay un estado emocional ansioso concurrente es el nodo diagnóstico central: en el primer caso, la gestión del acceso al punto de disparo es suficiente como primer paso; en el segundo, se requiere intervención farmacológica que reduzca el estado emocional basal antes de que la modificación conductual sea efectiva (Overall, 2013; Fatjó y Bowen, 2020; Landsberg et al., 2013).


Sistema dopaminérgico y motivación territorial

Sección titulada «Sistema dopaminérgico y motivación territorial»

La liberación aguda y pulsátil de dopamina en las vías mesocorticolímbicas refuerza químicamente la sensación de recompensa y excitación autonómica que acompaña al ataque territorial, motivando al perro a repetir la conducta de hipervigilancia en la ventana o la puerta en futuras ocasiones (LeMoal, 1995; Wise, 2009). El sistema dopaminérgico no solo actúa como reforzador post-hoc de la conducta exitosa, sino que también incrementa el estado de alerta anticipatoria ante estímulos contextuales asociados previamente a la intrusión (el timbre, el sonido de pasos en el camino), convirtiendo al perro en un sistema de vigilancia hiperactivo con bajo umbral de activación (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013). Esta activación dopaminérgica sostenida puede contribuir a una forma de compulsividad territorial donde el animal busca activamente el estímulo de alarma, permaneciendo en los puntos de disparo incluso en ausencia de intrusos (DePorter, 2018).

La arginina-vasopresina, neuropéptido sintetizado principalmente en el hipotálamo anterior, desempeña un rol fisiológico crítico en la modulación del marcaje olfativo territorial y en el despliegue de las conductas intrínsecas de protección hacia el entorno familiar (Bielsky y Young, 2004; Fatjó, 2014). Los receptores V1a de vasopresina, distribuidos en regiones del sistema límbico y en el núcleo del lecho de la estría terminal, regulan la intensidad de la respuesta agresiva ante intrusos y están involucrados en el reconocimiento social que permite al perro distinguir entre individuos conocidos y desconocidos (Bielsky y Young, 2004). Las diferencias individuales en la densidad de receptores V1a pueden contribuir a la variabilidad intrarracial en la intensidad de la guardia territorial, ofreciendo un substrato neurobiológico para la observación clínica de que no todos los individuos de razas predispuestas exhiben el mismo nivel de reactividad (Fatjó, 2014).

La testosterona ejerce un profundo efecto facilitador sobre la agresividad territorial al reducir sensiblemente el umbral de activación de los circuitos límbicos de lucha y al potenciar la respuesta de los receptores de vasopresina en áreas relacionadas con la conducta territorial (Giammanco et al., 2005; Simon y Lu, 2006). Los altos niveles de andrógenos circulantes en machos enteros no solo promueven mayor impulsividad territorial, sino que también facilitan la consolidación cortical de memorias aversivas asociadas a la intrusión, intensificando las respuestas hostiles en episodios futuros (Hart, 1974; Neilson et al., 1997). Los estudios epidemiológicos actuales documentan que la castración reduce la agresividad territorial en un 10-20% de los casos, un efecto considerablemente más modesto que el reportado en estudios clásicos anteriores (Neilson et al., 1997; Borchelt, 1983).

Esta limitada eficacia se explica porque la agresión territorial es fundamentalmente una conducta operante consolidada por reforzamiento negativo: una vez que el ciclo de autorrefuerzo está establecido, la eliminación de los andrógenos no revierte el aprendizaje acumulado. La castración puede tener un efecto preventivo si se realiza antes de que la conducta se establezca, pero tiene un impacto clínico mínimo o nulo sobre presentaciones ya cronicificadas (Neilson et al., 1997).

Advertencia clínica. Ovariohisterectomía en hembras: La literatura reciente advierte que la ovariohisterectomía puede aumentar la reactividad y la agresividad en hembras, posiblemente por la pérdida de los efectos ansiolíticos de los estrógenos y la oxitocina. Las hembras esterilizadas antes de los 6 meses que ya mostraban signos de agresividad o déficit de control de impulsos pueden volverse clínicamente más agresivas tras la gonadectomía temprana (Masson et al., 2024). Este riesgo debe considerarse explícitamente al recomendar esterilización en hembras reactivas.

Aprendizaje operante: el mecanismo de cronicidad

Sección titulada «Aprendizaje operante: el mecanismo de cronicidad»

Las contingencias del condicionamiento operante son absolutamente determinantes para la adquisición, consolidación y exacerbación crónica de la agresión territorial canina (Lindsay, 2001; Vollmer y Mehrkam, 2015). El ejemplo prototípico (el ladrido amenazante del perro coincide invariablemente con la retirada del cartero, quien simplemente continúa su ruta alejándose del domicilio) ilustra un mecanismo inmensamente potente de reforzamiento negativo: la conducta agresiva “produce” la desaparición del estímulo aversivo (DePorter, 2018; Dorey et al., 2012). Como el sistema nervioso del perro percibe erróneamente que su agresión vocal fue la estrategia causal y exitosa para repeler al intruso, la conducta se perpetúa y refuerza, y tiende a incrementar su intensidad y velocidad de escalada en cada nuevo encuentro (Landsberg et al., 2013; Chen et al., 2000). Este ciclo de autorrefuerzo es el principal obstáculo terapéutico, ya que cada episodio no gestionado consolida el repertorio y reduce el umbral de activación, razón por la cual la interrupción del acceso a los puntos de disparo es la primera prioridad clínica antes de iniciar cualquier protocolo de modificación conductual (Horwitz, 2018; Overall, 2013).

A este mecanismo primario se suman dos procesos de mantenimiento frecuentemente subestimados: el reforzamiento positivo inadvertido del tutor (que al intentar calmar al perro con caricias o voz suave durante el episodio refuerza accidentalmente la conducta de alerta) y el reforzamiento automático o endógeno, derivado de la cascada neuroendocrina (liberación de adrenalina y dopamina) que acompaña al estado de alta excitación autonómica durante el ataque territorial (Lindsay, 2001; Vollmer y Mehrkam, 2015). Con el tiempo, el estado de arousal elevado se vuelve intrínsecamente reforzante, y el animal puede permanecer en los puntos de disparo no solo para ahuyentar intrusos, sino por la gratificación neuroquímica que el propio estado de vigilancia produce (DePorter, 2018).

Un fenómeno clínicamente relevante es la tendencia del territorio percibido a expandirse o generalizarse con el tiempo si la agresión es consistentemente exitosa (Overall, 2013; DePorter, 2018). El perro que inicialmente solo reacciona en el jardín puede comenzar a percibir la acera frente al domicilio como parte de su zona de defensa, y posteriormente extender esta percepción al parque habitual o al vehículo (Horwitz, 2018). Esta expansión progresiva del territorio activo es un indicador de mal pronóstico y sugiere que el ciclo de reforzamiento ha estado operando sin control durante un tiempo prolongado (DePorter, 2018; Landsberg et al., 2013).


El desarrollo patológico de la agresividad territorial está profundamente influenciado por la predisposición genética derivada de centurias de selección artificial para labores específicas de guardia y protección de propiedades (Borchelt, 1983; Duffy et al., 2008). Razas como el Pastor Alemán, el Rottweiler, el Doberman Pinscher, el Schnauzer y diversas variantes de mastines presentan una predisposición innata a exhibir respuestas de alarma y territorialidad ante intrusos, lo que no implica necesariamente que todos los individuos de estas razas desarrollarán el cuadro, sino que tienen un umbral más bajo de activación territorial bajo condiciones de manejo inadecuado (Horwitz, 2018; Duffy et al., 2008). Esta predisposición racial obliga al clínico a ajustar las expectativas pronósticas y el nivel de compliance requerido al tutor según la raza del paciente (Borchelt, 1983).

Una historia de socialización insuficiente con extraños durante el período sensible (tercera a duodécima semana de vida) contribuye a que el perro adulto no haya aprendido a procesar la presencia de desconocidos como estímulos neutros o positivos, facilitando que cualquier aproximación sea interpretada como intrusión amenazante (Scott y Fuller, 1997; Appleby et al., 2002). La deficiencia socializadora no produce necesariamente agresión por miedo si el perro dispone de un territorio que percibe como propio y desde el cual se siente con ventaja táctica; en ese caso, puede exhibir un fenotipo territorial con elementos defensivos, que presenta particularidades diagnósticas y terapéuticas distintas (Gazzano et al., 2008; Landsberg et al., 2013).

La historia de aprendizaje operante del individuo juega un rol perpetuador absoluto en esta patología: el comportamiento se consolida cada vez que el perro ladra ferozmente y el intruso percibido (cartero, transeúnte, visita) se aleja del perímetro (DePorter, 2018; Horwitz, 2018). Cuanto más larga es la historia de éxito de la conducta agresiva, mayor es la resistencia a la extinción y más difícil resulta la modificación conductual, ya que el historial de reforzamiento intermitente hace que la conducta sea particularmente persistente (Lindsay, 2001; Overall, 2013).

El tamaño y la naturaleza del territorio moldean drásticamente la intensidad de la agresión (Overall, 2013). Los espacios confinados y las barreras físicas, especialmente las transparentes como puertas o ventanas de cristal, incrementan la frustración y la excitación del animal al permitirle ver pero no acceder al intruso, lo que aumenta el arousal hasta niveles de agresión redirigida (Horwitz, 2018; Overall, 2013). Paradójicamente, la instalación de cercas opacas puede exacerbar la ferocidad de la guardia al eliminar la ambigüedad cognitiva sobre los límites del territorio, otorgando mayor confianza táctica al animal (Overall, 2013). El aislamiento social (perros que pasan largas horas solos sin estimulación) incrementa la sensibilidad basal al intruso, ya que cualquier novedad en el ambiente hipervigilado adquiere mayor saliencia (Fatjó, 2014; Landsberg et al., 2013).


La fenomenología de la agresión territorial sigue una escalada estructurada que difiere topográficamente de la agresión por miedo en aspectos diagnósticos clave (DePorter, 2018; Overall, 2013).

El episodio territorial típico se inicia cuando el perro detecta la presencia de un extraño en o cerca del límite del territorio percibido (un transeúnte frente a la valla, el timbre de la puerta, pasos en el camino de acceso) con una respuesta de orientación inmediata y fijación visual intensa (Horwitz, 2018; Landsberg et al., 2013). A diferencia de la agresión por miedo, donde el perro puede intentar inicialmente la evitación o el alejamiento, el perro territorial se dirige activamente hacia el límite con postura ofensiva: cabeza y cola elevadas, cuerpo inclinado hacia adelante, orejas erguidas y piloerección lumbosacra o cervical (DePorter, 2018; Overall, 2013). La ausencia de signos autonómicos de pánico (midriasis, temblor, hipersalivación, taquipnea) en las primeras fases distingue este cuadro de la agresión por miedo, aunque en presentaciones crónicas de alta intensidad pueden coexistir elementos de ambas emociones (Horwitz, 2018).

El ladrido territorial evoluciona desde un tono de alerta (frecuente, de pitch moderado, orientado hacia el estímulo) hacia un ladrido de amenaza de tono más grave, continuo y acompañado de gruñido si el intruso no se retira (Faragó et al., 2017; DePorter, 2018). La distinción acústica entre ambos tipos tiene valor pronóstico: el ladrido de alerta sin escalada indica un umbral de tolerancia relativamente preservado, mientras que la progresión rápida al ladrido de amenaza con gruñido y embestida indica una reactividad alta con menor ventana de intervención disponible para el tutor (Faragó et al., 2017; Landsberg et al., 2013).

Si el intruso continúa avanzando o si el perro logra acceder al espacio del extraño, la escalada culmina en embestida con o sin contacto físico, seguida en la mayoría de los casos de una vuelta inmediata al perímetro una vez que el intruso se retira (Overall, 2013; DePorter, 2018). El cese de la agresión con la retirada del intruso (a diferencia de la agresión por miedo, donde el animal puede continuar en estado de pánico tras la salida del estímulo) es una de las características más diagnósticamente relevantes del cuadro territorial (Horwitz, 2018). Este patrón de “persigo hasta el límite y regreso” refleja la naturaleza defensiva y orientada al espacio, no al individuo, de la agresión territorial (Overall, 2013).

La presentación clínica del animal fuera de su territorio activo es diagnósticamente reveladora: el perro territorial típico es sociable, explorador y no reactivo en contextos neutros como parques, clínicas veterinarias o casas ajenas, comportamiento opuesto al del perro con agresión generalizada por miedo (Horwitz, 2018; Landsberg et al., 2013). Esta diferencia es una de las primeras preguntas de la anamnesis territorial: “¿Cómo se comporta el perro cuando están en la calle o en casa de otras personas?” (DePorter, 2018).


El diagnóstico diferencial riguroso es imprescindible para orientar correctamente el protocolo terapéutico, ya que tratamientos eficaces para un tipo de agresión pueden ser ineficaces o contraproducentes en otro (Frank y Dehasse, 2003).

Tipo de agresiónCaracterísticas diferencialesClave diagnóstica
Por miedoPostura defensiva (cuerpo bajo, cola bajo el abdomen, orejas retraídas); signos autonómicos de pánico (midriasis, hipersalivación, temblor); reactivo en cualquier contexto, no solo en el territorio; patrón de mordida “bite and retreat” (tarascada seguida de retroceso); inicio frecuentemente temprano (cachorro/juvenil) (Luescher y Reisner, 2008; Overall, 2013; Haug, 2008)Sociable fuera del territorio: NO · Postura ofensiva: NO · Signos de pánico: SÍ · Mordida: defensiva, retrocede
TerritorialPostura ofensiva (cabeza y cola elevadas, avance hacia el límite); cesa cuando el intruso se retira; el perro es sociable fuera del territorio activo; ataques frontales con posible persecución al dar la vuelta el intruso; inicio típicamente entre 1-3 años (madurez social) (DePorter, 2018; Horwitz, 2018; Haug, 2008)Sociable fuera del territorio: SÍ · Postura ofensiva: SÍ · Cesa al retirarse el intruso: SÍ · Mordida: frontal, puede perseguir
Protección de recursos (persona como recurso)Agresividad móvil: ocurre en cualquier lugar donde esté presente el tutor; dirigida a quienes se aproximan al tutor, no al territorio; el perro puede estar relajado en casa sin la persona de apego (Borchelt, 1983; Horwitz, 2018)Dependiente del tutor, no del espacio
RedirigidaOcurre cuando el perro está altamente excitado en el límite territorial y no puede acceder al estímulo original; ataca a convivientes o al tutor que intenta interrumpirlo (Overall, 2013; Horwitz, 2018)Correlación temporal: alta excitación + barrera + tercero
Hacia desconocidos sin componente territorialGeneralizada a cualquier contexto; incluye contextos neutros fuera del domicilio; frecuentemente asociada a déficit de socialización o miedo a desconocidos (Haug, 2008; Landsberg et al., 2013)Reactivo fuera del territorio: SÍ
Por dolorDesencadenada por manipulación táctil; no relacionada con intrusos ni con el perímetro; puede aparecer en cualquier contexto (Barcelos et al., 2015; Camps et al., 2012)Desencadenante: tacto, no proximidad espacial

Nota clínica. Comorbilidad territorial + miedo: Los estudios retrospectivos a gran escala muestran una asociación estadísticamente significativa (p < 0,001) entre el diagnóstico de agresión territorial y el de agresión por miedo hacia extraños (Haug, 2008; Luescher y Reisner, 2008). Una distinción diagnóstica especialmente importante es que los perros con miedo subyacente pueden mostrar postura ofensiva cuando están protegidos por una barrera (cerca, ventana, correa), pero la postura se vuelve ambivalente y el miedo se hace evidente cuando desaparece la barrera o el extraño se aproxima más allá del umbral (DePorter, 2018; Overall, 2013). Una agresión originalmente defensiva por miedo puede evolucionar, por aprendizaje operante, hacia una presentación ofensiva y territorial; por ello, cualquier plan de tratamiento para la agresión territorial debe evaluar y abordar la ansiedad concurrente (Frank y Dehasse, 2003; Landsberg et al., 2013).


La evaluación clínica integral exige una anamnesis exhaustiva que mapee los factores desencadenantes exactos, la progresión temporal del problema, los contextos de presentación y la respuesta del entorno humano durante los episodios (Horwitz, 2018; Overall, 1997). El clínico debe interrogar específicamente sobre: los lugares exactos del domicilio donde ocurren los episodios (ventana delantera, puerta, límite del jardín, vehículo), el tipo y la dirección del intruso percibido (transeúntes en general, uniformados, otros perros, personas que entran al domicilio), la historia de respuesta del tutor durante el episodio (qué hace cuando el perro ladra o embiste) y la duración e intensidad de la conducta a lo largo del tiempo (Landsberg et al., 2013; DePorter, 2018). Es fundamental documentar si el comportamiento ocurre exclusivamente en el territorio activo o también fuera de él, si hay convivientes vulnerables (niños, adultos mayores, personas con movilidad reducida) y si hay episodios de agresión redirigida hacia miembros de la familia (Overall, 2013).

El mapeo del territorio activo es una herramienta diagnóstica y terapéutica indispensable: consiste en esquematizar planimétricamente las áreas del domicilio, identificar las zonas de libre acceso visual al exterior (ventanas bajas, puertas de cristal, rejas) y localizar los puntos de disparo, es decir, los lugares donde el perro permanece en estado de hipervigilancia o desde donde inicia los episodios agresivos (Horwitz, 2018). Este mapeo permite diseñar el plan de manejo ambiental inicial (restricción del acceso a los puntos de disparo) y establece la línea de base para medir el progreso terapéutico (Horwitz, 2018; Landsberg et al., 2013). El clínico también debe mapear el territorio móvil: ¿el perro es agresivo en el vehículo?, ¿en rutas específicas del paseo?, ¿en zonas del parque que frecuenta habitualmente? (DePorter, 2018).

La distancia de activación, es decir, el punto geográfico a partir del cual el perro comienza a exhibir señales de alerta o reactividad, es un parámetro clínico central que determina la viabilidad y el diseño del protocolo de DS/CC (Horwitz, 2018; Overall, 2013). Para identificarla con precisión, el clínico debe conocer a qué distancia del límite del territorio el perro detecta al intruso, qué señales de activación son las primeras en aparecer (orientación, fijación visual, tensión muscular, leve piloerección) y en qué momento la escalada supera la capacidad de autorregulación del animal (DePorter, 2018; Landsberg et al., 2013).

Se recomienda el uso del C-BARQ (Canine Behavioral Assessment and Research Questionnaire) para cuantificar de manera objetiva los dominios de agresividad territorial, reactividad a extraños y otras dimensiones conductuales relevantes para el diagnóstico y el seguimiento (Hsu y Sun, 2010). La valoración de la severidad debe incluir la estimación del nivel de inhibición de la mordida (si el perro ha mordido, cuál fue el grado de lesión), la legibilidad de las señales de advertencia previas al ataque y el tiempo de recuperación emocional tras el episodio (Overall, 2013; Casey et al., 2014).

Antes de establecer un diagnóstico conductual primario, es obligatorio descartar causas orgánicas que puedan reducir el umbral de agresividad o modificar el patrón de presentación: dolor crónico (especialmente musculoesquelético), patología neurológica, hipotiroidismo o cualquier condición que curse con estados disfóricos o de hiperexcitabilidad (Barcelos et al., 2015; Camps et al., 2012). La exploración física completa y los análisis bioquímicos básicos son parte del protocolo de evaluación de todo paciente con agresividad, independientemente de la sospecha diagnóstica conductual (Overall, 2013).


El tratamiento de la agresión territorial requiere una arquitectura terapéutica en dos fases secuenciales: primero gestión del ambiente para interrumpir el ciclo de autorrefuerzo, después trabajo conductual activo por debajo del umbral (Horwitz, 2018; Overall, 2013).

Fase 1: Gestión del acceso a los puntos de disparo

Sección titulada «Fase 1: Gestión del acceso a los puntos de disparo»

La interrupción del ciclo de reforzamiento negativo es la intervención más urgente e impactante del plan terapéutico (DePorter, 2018; Landsberg et al., 2013). Ningún protocolo de DS/CC será eficaz si el perro continúa teniendo acceso libre a los puntos de disparo durante el período entre sesiones, ya que cada episodio de “éxito” territorial consolida el repertorio y eleva el umbral de lo que el animal considerará suficiente amenaza para escalar (Horwitz, 2018; Overall, 2013). Las estrategias de gestión del acceso incluyen: instalación de películas opacas o esmeriladas en ventanas y puertas de cristal para eliminar el acceso visual a la calle, confinamiento del animal en zonas interiores sin línea de visión directa al exterior durante las horas de mayor tráfico peatonal, uso de barreras físicas o puertas interiores para impedir el acceso a la zona frontal del domicilio, y eliminación de las condiciones que permiten que el perro permanezca solo frente a los puntos de disparo (Horwitz, 2018; Landsberg et al., 2013).

Si el perro es agresivo en el jardín, debe salir al exterior únicamente bajo supervisión directa del tutor y con correa hasta que se haya establecido un nivel de control suficiente (DePorter, 2018).

Una vez controlada la exposición espontánea, el pilar del tratamiento activo es la Desensibilización Sistemática (DS) con Contracondicionamiento Clásico (CC) al estímulo territorial específico del caso (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013). La construcción de la jerarquía debe comenzar identificando con precisión el umbral de activación del animal, es decir, la distancia o la intensidad del estímulo a la cual el perro lo percibe pero mantiene un lenguaje corporal relajado, sin ninguna señal autonómica de alerta, y debe incluir todos los componentes relevantes del estímulo: el tipo de intruso (transeúnte, uniformado, niño), la distancia, el movimiento, el sonido del timbre o de pasos (Horwitz, 2018; Overall, 2013). Las sesiones deben ser breves (5-15 minutos), frecuentes (varias veces por semana) y estrictamente subumbrales: el perro nunca debe superar el umbral de reactividad durante la sesión, ya que la exposición supraumbral produce sensibilización en lugar de desensibilización (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013).

El CC se integra simultáneamente: cada aparición del estímulo subumbral se empareja de inmediato con la entrega de un reforzador primario de altísimo valor biológico para que el estímulo territorial adquiera valencia emocional positiva (Butler et al., 2011).

Refuerzo diferencial: tipos y aplicación clínica

Sección titulada «Refuerzo diferencial: tipos y aplicación clínica»

El refuerzo diferencial refuerza selectivamente conductas que compiten con la respuesta problemática, sometiéndola a extinción (Miltenberger, 2008; Cooper et al., 2009):

  • DRO (Otra Conducta): premia cualquier respuesta no problemática; técnica de elección inicial cuando la activación emocional es alta.
  • DRI (Conducta Incompatible): premia una conducta físicamente excluyente; el animal no puede ejecutar ambas simultáneamente.
  • DRA (Conducta Alternativa): premia una conducta alternativa específica, no necesariamente incompatible.

En la agresión territorial, la aplicación de mayor soporte empírico es el DRI mediante el protocolo de ir al sitio, descrito en la sección siguiente: la conducta de permanecer en un lugar designado es físicamente incompatible con la embestida hacia la puerta o la cerca (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013). Para facilitar el aprendizaje sin luchar contra la memoria emocional establecida, se recomienda sustituir el sonido del timbre habitual por uno completamente nuevo, generando un estímulo discriminativo neutro antes de que el condicionamiento territorial lo capture (Landsberg et al., 2013). El DRO se implementa en paralelo durante las sesiones de DS/CC: cualquier conducta de calma ante la aproximación del estímulo territorial (mirar al tutor, olfatear, permanecer recostado) se premia de inmediato para instaurar el contracondicionamiento respondiente (Cooper et al., 2009; Overall, 2013). El DRA puede complementar el protocolo reforzando conductas de orientación hacia el tutor (mirar, sentarse, acercarse) como respuestas alternativas activas ante la aparición del estímulo territorial (Miltenberger, 2008; Overall, 2013).

El entrenamiento de una conducta incompatible con la agresividad, frecuentemente denominado “comportamiento alternativo”, es un componente esencial del protocolo (Overall, 2013; Horwitz, 2018). El entrenamiento del “lugar” (ir a una alfombra o cama designada y permanecer allí cuando se escucha el timbre) es una estrategia de alta utilidad clínica: la conducta de ir al lugar es físicamente incompatible con correr hacia la puerta y ladrar, y si se ha reforzado sólidamente antes de introducirla en el contexto territorial, el tutor dispone de una herramienta de manejo preventivo ante situaciones previsibles (Horwitz, 2018; Landsberg et al., 2013). La señal de “ir al lugar” debe entrenarse primero en contextos neutros sin presencia de intrusos y bajo niveles de arousal bajos, antes de incorporarla al protocolo territorial (Overall, 2013).

Los errores más frecuentes que el clínico debe identificar y corregir durante la anamnesis incluyen: dejar al perro solo frente a las ventanas “para que aprenda que los transeúntes no hacen nada”, lo que en realidad produce el ciclo de reforzamiento descrito; castigar el ladrido con gritos, golpes en la valla o choques de agua, lo que incrementa el arousal general y puede redirigir la agresión hacia el tutor; y consolar al perro durante los episodios, lo que puede reforzar la conducta de alerta o la escalada (Herron et al., 2009; Landsberg et al., 2013). El castigo directo está categóricamente contraindicado en cualquier presentación de agresividad, ya que incrementa el nivel basal de ansiedad y puede extinguir las señales de advertencia previas a la mordida (Overall, 2013; Ziv, 2017).


La intervención farmacológica está indicada cuando la hipervigilancia territorial es tan severa o crónica que imposibilita mantener al animal por debajo de su umbral de reactividad para que ocurra el aprendizaje, cuando existe alta impulsividad con escalada muy rápida sin señales de advertencia legibles, o cuando la agresión territorial se ha generalizado a múltiples contextos o coexiste con comorbilidades como ansiedad generalizada o trastorno compulsivo (Overall, 2013; Simpson y Papich, 2003). La farmacoterapia nunca sustituye la modificación conductual ni la gestión del ambiente; su función es reducir el umbral de impulsividad y el nivel basal de activación autonómica para facilitar el trabajo conductual (Ibáñez y Anzola, 2009; Landsberg et al., 2013).

La fluoxetina (ISRS, 1-2 mg/kg/día) es el fármaco de primera elección cuando la agresión territorial cursa con alta impulsividad, escalada rápida y falta de señales de advertencia previas al ataque, debido a su potente efecto estabilizador cortical y a la reducción de la impulsividad agresiva documentada en estudios controlados (Irimajiri et al., 2009; Overall, 2001). Su mecanismo de acción, la inhibición de la recaptación de serotonina con incremento de la neurotransmisión serotoninérgica cortical, es directamente relevante para el cuadro territorial, ya que la deficiencia serotoninérgica está asociada a menor control inhibitorio cortical sobre los impulsos agresivos (Rosado et al., 2010; Amat et al., 2013). El período de latencia para evaluación de eficacia es de cuatro a seis semanas, y el tratamiento de mantenimiento suele requerirse durante meses (Landsberg et al., 2013).

La clomipramina (ATC, 1-3 mg/kg c/12 h) es una alternativa cuando la agresión territorial se acompaña de ansiedad generalizada, rituales de hipervigilancia de tipo compulsivo o ansiedad por separación concurrente, dado que su acción dual sobre serotonina y noradrenalina puede ofrecer ventajas en cuadros comorbidos (Crowell-Davis y Murray, 2006; King et al., 2004). La elección entre ambos agentes depende de la evaluación neuroquímica individual y del perfil específico de comorbilidades del paciente (Simpson y Papich, 2003).

El uso de benzodiazepinas como ansiolíticos de rescate rápido en pacientes con agresión territorial está fuertemente contraindicado debido al grave riesgo de desinhibición conductual: la supresión aguda del miedo condicionado puede eliminar el recelo residual que frenaba al animal, desencadenando ataques sin advertencia previa (Herron et al., 2008; Overall, 2013). Este riesgo es especialmente relevante en perros cuya agresión territorial tiene componentes mixtos con miedo, donde la benzodiazepina puede desinhibir la agresión ofensiva al suprimir el componente inhibidor del miedo (Herron et al., 2008).

Intervención nutricional: dieta baja en proteínas + triptófano

Sección titulada «Intervención nutricional: dieta baja en proteínas + triptófano»

Una estrategia complementaria con respaldo clínico específico para la agresión territorial es el uso de dietas bajas en proteínas suplementadas con triptófano, precursor aminoácido de la serotonina. El estudio de DeNapoli et al. (2000) demostró que esta combinación dietética reduce significativamente la agresión territorial, la agresión por dominancia y la hiperactividad, en comparación con dietas estándar (DeNapoli et al., 2000). El mecanismo propuesto es el incremento de la disponibilidad de triptófano para la síntesis serotoninérgica central, complementando el efecto de los ISRS cuando se usan en combinación.

La trazodona (2-5 mg/kg/día o según protocolo situacional) puede utilizarse como agente adyuvante en situaciones específicas de alta exposición inevitable sin el riesgo de desinhibición que presentan las benzodiazepinas (Gruen y Sherman, 2008). La gabapentina puede ser útil como adyuvante en casos de alta excitabilidad límbica o cuando la agresión territorial coexiste con hiperestesia o componentes de dolor crónico (Gruen y Sherman, 2008; Kruszka et al., 2021). El monitoreo de la respuesta farmacológica debe realizarse mediante diarios conductuales y cuestionarios psicométricos, reservando la polifarmacia para casos refractarios donde la monoterapia a dosis máxima tolerada ha fracasado (Overall, 2013; Simpson y Papich, 2003).

La psicofarmacoterapia es una herramienta de alto impacto clínico, pero su prescripción exige criterios de inclusión estrictos. Las siguientes situaciones representan contraindicaciones absolutas o relativas (Crowell-Davis y Murray, 2006; Simpson y Papich, 2003):

Conducta biológicamente normal: Los psicofármacos no están indicados para suprimir conductas normales de la especie que resulten inconvenientes para el tutor (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013). La defensa territorial de baja intensidad sin componente emocional patológico, la falta de entrenamiento o el ladrido de alerta normal no son indicaciones farmacológicas.

Ausencia de plan de modificación conductual: Nunca se prescribe psicofarmacoterapia como tratamiento único (Simpson y Papich, 2003; Ibáñez y Anzola, 2009). Los fármacos reducen el umbral de impulsividad y el arousal basal, pero no modifican la relación del paciente con el estímulo territorial ni le enseñan la conducta alternativa. La combinación fármaco + protocolo conductual es siempre superior a cualquiera de los dos en monoterapia (Overall, 2013).

Severidad leve con estímulo evitable: Cuando el acceso a los puntos de disparo territorial puede controlarse y el problema puede abordarse solo con gestión ambiental y entrenamiento de conducta incompatible, la farmacoterapia es innecesaria (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013).

Contraindicaciones médicas:

  • Hepatopatía: el metabolismo de ISRS y ATC está deteriorado; las benzodiacepinas por vía oral son contraindicación absoluta en gatos por riesgo documentado de necrosis hepática idiopática aguda y fatal (Crowell-Davis y Murray, 2006).
  • Cardiopatía: los antidepresivos tricíclicos (clomipramina, amitriptilina) prolongan el intervalo QT y están contraindicados en arritmias o enfermedad cardíaca estructural (Crowell-Davis y Murray, 2006).
  • Epilepsia y trastornos convulsivos: ISRS, ATC y fenotiazinas disminuyen el umbral convulsivo y requieren monitoreo intensivo o están contraindicados en pacientes epilépticos (Podell, 2004; Crowell-Davis y Murray, 2006).
  • Nefropatía: la gabapentina requiere reajuste de dosis en insuficiencia renal para evitar acumulación tóxica (Crowell-Davis y Murray, 2006).

Riesgo de síndrome serotoninérgico: La combinación simultánea de ISRS + ATC, o cualquiera de estos con selegilina o amitraz sin respetar los períodos de lavado obligatorios, puede desencadenar un síndrome serotoninérgico letal (Simpson y Papich, 2003; Crowell-Davis y Murray, 2006).

Gestación y lactancia: La mayoría de los psicofármacos atraviesan la barrera placentaria y se excretan en leche materna; contraindicados en hembras gestantes o lactantes (Crowell-Davis y Murray, 2006).


El pronóstico es favorable cuando el territorio activo está bien delimitado y circunscrito (solo casa o solo jardín, sin generalización), cuando las señales de advertencia previas al ataque están preservadas y son legibles, cuando el tutor tiene alta capacidad de gestión del ambiente y elevado nivel de compliance, cuando el historial de mordidas es breve y con buena inhibición, cuando la conducta es relativamente reciente y no tiene décadas de reforzamiento acumulado, y cuando hay acceso real a los puntos de disparo para su modificación estructural (DePorter, 2018; Overall, 2013).

El pronóstico se ensombrece significativamente cuando el territorio se ha generalizado a múltiples contextos y zonas móviles, cuando el perro ha infligido mordeduras desinhibidas con lesiones tisulares severas, cuando el tutor es incapaz de controlar físicamente al animal durante los episodios, cuando el entorno urbano expone al perro a una densidad muy alta de transeúntes que imposibilita la gestión del acceso, cuando coexiste con agresión redirigida hacia miembros de la familia, o cuando hay convivientes de alta vulnerabilidad física como niños menores de 12 años (Overall y Love, 2001; Casey et al., 2014). El bajo compliance del tutor es uno de los predictores más robustos de fracaso terapéutico, ya que la arquitectura del tratamiento exige modificaciones estructurales del ambiente que requieren esfuerzo sostenido (Dodman et al., 2018; Kwan y Bain, 2013).

La severidad del cuadro debe evaluarse formalmente en función del nivel de inhibición de la mordida, la legibilidad de las señales de advertencia y el tiempo de recuperación emocional, integrando estos datos para clasificar al paciente en escalas de intensidad clínica que informan la decisión sobre el riesgo aceptable para la convivencia (Overall, 2013; Casey et al., 2014). Cuando el perro ha mordido sin advertencia previa a personas que ingresaron legítimamente al territorio, el pronóstico de seguridad es sumamente reservado y debe comunicarse al tutor con total transparencia (Overall y Love, 2001).


La agresión territorial crónica y no tratada implica un estado de hipervigilancia sostenida que atenta directamente contra las cinco libertades fundamentales del bienestar animal, en particular la libertad de expresar comportamientos normales sin que estos escalen a niveles de intensidad maladaptativa y la libertad de no padecer estrés mental crónico (Duncan, 1993; Moberg y Mench, 2000). El perro que vive en un estado de alerta territorial constante experimenta un nivel de activación autonómica permanente que tiene consecuencias negativas documentadas sobre la salud física y el bienestar emocional a largo plazo (Dreschel, 2010).

Riesgo para terceros y obligaciones legales del tutor

Sección titulada «Riesgo para terceros y obligaciones legales del tutor»

El riesgo para terceros es una consideración ética y legal que no puede eludirse en el plan de comunicación clínica: el tutor tiene la obligación legal y moral de prevenir que su animal acceda a personas que ingresen legítimamente a su propiedad o que transiten por espacios públicos (Overall y Love, 2001; Drobatz y Smith, 2003). El clínico debe comunicar de manera explícita y documentada el nivel de riesgo evaluado, las medidas de gestión del ambiente obligatorias, y la obligatoriedad de utilizar bozal en situaciones de acceso inevitable a intrusos hasta que el protocolo de modificación conductual haya producido mejoras verificables (Casey et al., 2014).

Gestión del entorno como prioridad irrenunciable

Sección titulada «Gestión del entorno como prioridad irrenunciable»

La gestión del entorno no es una medida provisional mientras se espera el efecto del tratamiento activo: es una intervención terapéutica de primer orden que reduce el sufrimiento del animal al disminuir la frecuencia de episodios de alta activación autonómica, interrumpe el ciclo de reforzamiento que perpetúa el cuadro y protege a terceros de manera inmediata (Horwitz, 2018; Landsberg et al., 2013). Un plan de manejo que no incluya modificaciones estructurales del ambiente como pieza central tiene pronóstico reservado, independientemente de la calidad del trabajo conductual activo (Overall, 2013; DePorter, 2018).


Ver también: Agresión por Miedo · Agresión Redirigida · Agresión por Protección de Recursos · Análisis Funcional de la Conducta (AFC) · Desensibilización y Contracondicionamiento · Reforzamiento Negativo en Etología Clínica · Fluoxetina en Etología Clínica · Umbral de Reactividad · Inhibición de Mordida · Mapeo del Territorio Activo


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