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Fobia Sonora

MVZ EMVC (EC) Emiliano Arias Vega

Sinopsis · Especie: Canino · Categoría: Comportamiento

La fobia sonora es una de las patologías del comportamiento más prevalentes en la especie canina, afectando entre el 25 % y el 50 % de la población de animales de compañía. Involucra una respuesta de pánico extrema, desproporcionada e invariable ante estímulos acústicos específicos, mediada por la amígdala, la memoria aversiva de condicionamiento en una sola exposición y un proceso de sensibilización progresiva. La fobia a las tormentas eléctricas constituye la presentación más compleja por la multiplicidad de estímulos físicos concurrentes (presión barométrica, electricidad estática, relámpagos, infrasónidos). El abordaje terapéutico requiere modificación conductual mediante DS/CC con gradiente acústico graduado, manejo ambiental de la crisis aguda y farmacoterapia individualizada con dexmedetomidina oromucosal, alprazolam situacional, trazodona e ISRS de base según comorbilidad.


El miedo a los sonidos intensos o inesperados es una respuesta biológica y evolutiva del organismo canino frente a un estímulo potencialmente amenazante que aumenta las posibilidades de supervivencia del animal (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013). Esta respuesta es proporcional al peligro percibido y el individuo habitualmente logra detener su reacción o habituarse al ruido una vez que desaparece la amenaza (Dreschel y Granger, 2005). El miedo adaptativo implica una activación autonómica transitoria y controlada que permite al perro recuperar su homeostasis emocional en un período breve tras el cese del estímulo (Steimer, 2002).

La fobia sonora patológica se define como una respuesta de miedo extrema, repentina y desproporcionada ante un estímulo acústico, la cual es no adaptativa e interfiere gravemente con el funcionamiento normal del individuo (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013). A diferencia del miedo adaptativo, en la fobia los síntomas persisten más allá de la duración del ruido mismo y el animal puede exhibir respuestas de pánico ante estímulos condicionados anticipatorios que preceden al evento fóbico (Dreschel y Granger, 2005; Mills et al., 2013). La respuesta fóbica es invariable, es decir, la exposición repetida al mismo estímulo acústico desencadena un patrón de respuesta consistente que no se atenúa con la mera repetición (Overall, 2013).

Los criterios diagnósticos de la fobia sonora exigen la confirmación de una respuesta extrema, profunda y no gradual manifestada como evitación intensa, escape frenético o ansiedad severa (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013). Estos signos conductuales deben presentarse acompañados de una activación aguda de la rama simpática del sistema nervioso autónomo (Dreschel y Granger, 2005). Las manifestaciones pueden variar desde la catatonia o congelamiento hasta la hiperactividad frenética, cursando habitualmente con una disminución notable de la sensibilidad al dolor o a los estímulos sociales en medio del episodio (Overall, 2013). La Lincoln Sound Sensitivity Scale (LSSS) permite evaluar cuantitativamente la frecuencia e intensidad de estos signos para establecer el nivel clínico del diagnóstico (Mills et al., 2013; Riemer et al., 2021).

Distinción del espectro: fobia vs. ansiedad generalizada con componente sonoro

Sección titulada «Distinción del espectro: fobia vs. ansiedad generalizada con componente sonoro»

La diferenciación clínica entre fobia sonora circunscrita y ansiedad generalizada con sensibilidad sonora es fundamental para la elección del abordaje terapéutico (Ohl et al., 2008; Overall, 2013). La ansiedad generalizada con componente sonoro ocurre cuando el paciente vive en un estado crónico de hipervigilancia y aprehensión; las reacciones de miedo se han generalizado de forma tal que los estímulos desencadenantes son demasiado numerosos para identificarse de forma aislada y el perro rara vez logra mostrarse relajado en su entorno (Ohl et al., 2008; Landsberg et al., 2013). En estos casos, la hipersensibilidad sonora es uno más entre múltiples signos de un estado afectivo negativo crónico, y no el problema primario (Mills, 2014).

CaracterísticaMiedo adaptativoFobia sonoraAnsiedad generalizada con hipersensibilidad sonora
Intensidad de la respuestaProporcional al estímuloExtrema y desproporcionadaVariable; activación crónica de bajo nivel con picos ante ruidos
Recuperación tras el estímuloRápida, minutosLenta; puede tardar horasIncompleta; el animal no recupera homeostasis entre eventos
AnticipaciónAusente o mínimaPresente; signos precursores antes del eventoDifusa; el animal anticipa múltiples amenazas
Habituación con repeticiónPosibleNo ocurre espontáneamenteNo ocurre; puede empeorar
InvariabilidadNo necesariamente constanteInvariable ante el mismo estímuloVariable; depende del estado basal del animal
Estímulos desencadenantesSonidos realmente amenazantesUno o pocos sonidos específicosMúltiples estímulos; difícil delimitar
ComorbilidadSin comorbilidad conductualPosible comorbilidad con AS o AGComorbilidades múltiples: AS, TDO, impulsividad

Fuentes: Overall, 2013; Landsberg et al., 2013; Mills, 2014; Ohl et al., 2008.

Los estímulos acústicos que desencadenan fobia en la especie canina pueden clasificarse según su origen y complejidad sensorial (Landsberg et al., 2013; Dreschel y Granger, 2005). Los fuegos artificiales, los truenos y los disparos de armas de fuego constituyen los desencadenantes más frecuentemente reportados en la clínica etológica (Mills et al., 2013; Tiira y Lohi, 2015). En el ámbito doméstico, los animales de compañía pueden desarrollar fobias a aspiradoras, lavadoras, secadoras, alarmas de humo y aparatos electrónicos que emiten pitidos de alta frecuencia (Landsberg et al., 2013). El tráfico denso, las sirenas, los motores de motocicleta y el petardeo de vehículos también son detonantes habituales (Overall, 2013).

La fobia a las tormentas eléctricas es particularmente compleja porque los componentes del evento abarcan mucho más que el sonido del trueno (Dreschel y Granger, 2005; Overall, 2013). Los perros reaccionan simultáneamente a múltiples estímulos sensoriales que incluyen cambios en la presión barométrica, alteraciones en la iluminación ambiental por los relámpagos, acumulación de electricidad estática en el pelaje, el viento, la lluvia y los infrasónidos generados por la tormenta (Dreschel y Granger, 2005; Landsberg et al., 2013). Incluso se ha documentado que los perros detectan alteraciones en la concentración de ozono y cambios olfativos previos a la llegada de la lluvia, lo que explica la severa ansiedad anticipatoria que precede al evento meteorológico perceptible para el tutor (Overall, 2013; Mills et al., 2013).

La fobia sonora desde distintos marcos conceptuales

Sección titulada «La fobia sonora desde distintos marcos conceptuales»

Los marcos conceptuales de la medicina del comportamiento veterinario (escuela francesa, modelo anglosajón, metodologías multiaxiales, ABA y cognitivismo) se desarrollan en detalle en: Marcos conceptuales en medicina del comportamiento veterinario

El modelo anglosajón denomina “fobia sonora” a presentaciones clínicas que los demás marcos nosológicos clasificarían con énfasis en la etiología del aprendizaje aversivo, el estado emocional subyacente o la alteración de la homeostasis emocional (Mills, 2003; Overall, 2013). Esta distinción no es meramente académica: define si la intervención prioriza la exposición gradual, la modificación de la evaluación cognitiva o el restablecimiento de la homeostasis con farmacoterapia de base (Pageat, 1998; Fatjó y Bowen, 2020).

Presentación clínicaModelo francés (Pageat)Modelo multiaxial (Fatjó/Bowen + Mills)Perspectiva ABAPerspectiva cognitivista
Respuesta de pánico a sonidos específicos (trueno, fuegos artificiales)Fobia simple: terror restringido a estímulo sonoro específico sin hipervigilancia en reposo; estado reaccional potencialmente reversible con tratamiento precoz (Pageat, 1998; Landsberg et al., 2013)Eje conductual: respuesta defensiva circunscrita al estímulo; eje emocional: pánico agudo ante el sonido; eje ambiental: identificar si hay componentes polimodales (presión barométrica, luz) que refuerzan el estímulo (Fatjó y Bowen, 2020; Mills, 2003)Condicionamiento clásico de alta intensidad (one-trial learning): el sonido adquirió propiedades aversivas extremas en pocas exposiciones; la respuesta de pánico persiste por la alta resistencia a extinción de los aprendizajes aversivos de alta intensidad (Lindsay, 2001)Appraisal catastrófico del estímulo sonoro: evaluación de amenaza vital extrema ante el sonido específico; sesgo atencional hacia cualquier señal que prediga el estímulo temido (Mendl et al., 2010; Paul et al., 2005)
Respuesta ansiosa anticipatoria antes de que el sonido sea audible para el humanoFobia compleja incipiente: el animal responde a señales contextuales predictoras del estímulo (cambios de presión barométrica, humedad) antes de la presentación del sonido; mayor complejidad diagnóstica (Pageat, 1998)Eje ambiental: identificación de señales predictoras subliminales (propioceptivas, olfativas); eje emocional: ansiedad anticipatoria; triangulación: la respuesta anticipatoria distingue fobia simple de estado ansioso más generalizado (Fatjó y Bowen, 2020)El animal responde a estímulos discriminativos condicionados de orden superior (señales que predicen el sonido temido) que preceden al estímulo fobógeno; el condicionamiento de orden superior amplía la topografía de la respuesta de miedo (Lindsay, 2001; Vollmer y Mehrkam, 2015)Hipervigilancia cognitiva hacia señales predictoras del estímulo aversivo: procesamiento preferencial de información ambiental asociada con la tormenta; sesgos atencionales establecidos por exposición repetida (Mendl et al., 2010)
Generalización de la fobia a múltiples sonidos o contextosFobia compleja o progresión a ansiedad generalizada: cuando la respuesta de miedo se generaliza más allá del estímulo original, el diagnóstico evoluciona; puede requerir farmacoterapia de base (Pageat, 1998; Landsberg et al., 2013)Eje conductual: generalización de la respuesta; eje emocional: estado afectivo negativo que trasciende el estímulo original; eje ambiental: identificar qué contextos o sonidos secundarios se han incorporado al estímulo fobógeno (Fatjó y Bowen, 2020; Mills, 2014)Generalización del estímulo: sonidos con características acústicas similares (frecuencia, intensidad, ritmo) adquieren propiedades aversivas por generalización; el gradiente de generalización determina el alcance de la respuesta (Lindsay, 2001)Generalización del appraisal negativo: el sistema evaluativo aplica la categoría “amenaza” a estímulos cada vez más similares al original; el sesgo cognitivo se vuelve más rígido con cada exposición no tratada (Mendl et al., 2010; Karagiannis et al., 2015)
Fobia sonora con ansiedad generalizada concurrenteComorbilidad diagnóstica: fobia simple/compleja + ansiedad generalizada; el tratamiento debe abordar ambos diagnósticos de estado simultáneamente; la farmacoterapia de base es obligatoria (Pageat, 1998; Landsberg et al., 2013)Eje emocional: estado afectivo negativo crónico que no remite entre episodios fóbicos; el eje conductual muestra hiperreactividad basal; el diagnóstico integrador reconoce dos problemas concurrentes que se retroalimentan (Fatjó y Bowen, 2020; Mills, 2014)Dos operaciones motivacionales concurrentes: la fobia al sonido (MO episódica) coexiste con un estado motivacional crónico de hiperactivación (MO sostenida) que incrementa la eficacia de todos los estímulos aversivos (Michael, 1982; Laraway et al., 2003)Sesgo pesimista estable + appraisal catastrófico episódico: el sesgo cognitivo generalizado amplifica la magnitud del appraisal durante el episodio fóbico; las dos condiciones se potencian mutuamente (Mendl et al., 2010; Paul et al., 2005)

La evaluación del marco conceptual aplicable no es solo teórica: una fobia simple de reciente instauración con aprendizaje circunscrito tiene mejor pronóstico con DS/CC exclusiva, mientras que la generalización o la comorbilidad con ansiedad generalizada indica farmacoterapia de base (Pageat, 1998; Overall, 2013; Fatjó y Bowen, 2020).


Las fobias y sensibilidades a los ruidos constituyen uno de los problemas de comportamiento más comunes en la especie canina (Landsberg et al., 2013; Riemer et al., 2021). Múltiples estudios estiman que entre el 25 % y el 50 % de la población de perros de compañía exhibe algún grado de miedo a los ruidos fuertes durante su vida (Tiira y Lohi, 2015; Overall, 2013). Estudios poblacionales de gran escala han documentado prevalencias del 32.4 % y del 39.2 % para la sensibilidad sonora en muestras amplias de perros de compañía (Tiira y Lohi, 2015; Mills et al., 2013). La prevalencia aumenta con la edad del animal, lo que sugiere un proceso de sensibilización progresiva que se consolida a lo largo de la vida sin intervención terapéutica (Landsberg et al., 2013; Riemer et al., 2021).

La fobia sonora está crónicamente subdiagnosticada porque muchos tutores normalizan las respuestas de miedo de sus animales de compañía, especialmente si las manifestaciones ocurren únicamente durante eventos estacionales predecibles como las tormentas o las celebraciones con fuegos artificiales (Dreschel y Granger, 2005; Overall, 2013). La invisibilidad del problema entre consultas reduce la probabilidad de que el tutor lo comunique espontáneamente al médico veterinario (Riemer et al., 2021).


El sustrato neurobiológico central de la fobia sonora involucra una activación primaria de la amígdala basolateral, que evalúa la valencia afectiva negativa del estímulo acústico y coordina la respuesta neuroendocrina de emergencia (Davis, 1997; Panksepp, 1998). La información auditiva alcanza la amígdala por dos vías simultáneas: una vía rápida y subcortical que permite una respuesta de miedo antes del procesamiento cortical consciente del estímulo, y una vía cortical más lenta que permite la evaluación cognitiva del peligro (LeDoux, 1996; Davis, 1997). En la fobia sonora, la vía subcortical rápida domina la respuesta, lo que explica la velocidad y la intensidad de la reacción pánica antes de que el animal pueda inhibirla de forma voluntaria (LeDoux, 1996; Overall, 2013).

Condicionamiento aversivo de una sola exposición

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Una de las características neurobiológicas más relevantes de las fobias sonoras es su capacidad de instaurarse mediante condicionamiento clásico de una sola exposición (one-trial learning o one-event learning), en la que un evento acústico traumático único es suficiente para generar una memoria aversiva potente y duradera (Lindsay, 2001; Overall, 2013). Este mecanismo involucra la potenciación sináptica a largo plazo en los circuitos amígdalo-talámicos, que consolida una representación emocional del estímulo acústico con alta resistencia a la extinción espontánea (LeDoux, 1996; Davis, 1997). La resistencia a la extinción en fobias sonoras es mayor que en otras fobias porque los estímulos auditivos poseen acceso directo privilegiado a los circuitos de alarma del sistema límbico (Panksepp, 1998). Sin embargo, el aprendizaje traumático en una sola exposición no es el único mecanismo de instauración: encuestas epidemiológicas indican que hasta el 60 % de los perros con fobia sonora nunca ha sufrido un evento traumático directo identificable; en estos casos, procesos no asociativos como la habituación insuficiente en el período sensible, la facilitación social y la sensibilización progresiva explican el desarrollo del cuadro (Blackwell et al., 2013).

En ausencia de tratamiento, la fobia sonora sigue un patrón de sensibilización progresiva en el que la respuesta de miedo se intensifica con cada exposición y la generalización hacia nuevos estímulos acústicos se expande (Landsberg et al., 2013; Dreschel y Granger, 2005). Este proceso implica una reducción progresiva del umbral de activación amígdalo-límbica, de modo que estímulos cada vez menos intensos son suficientes para desencadenar una respuesta de pánico completa (Overall, 2013). La sensibilización puede explicar por qué un perro que inicialmente solo reaccionaba a truenos termina desarrollando fobia a sonidos domésticos cotidianos con características acústicas similares (Mills et al., 2013).

Papel del hipocampo en la generalización contextual

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El hipocampo participa en la contextualización de la amenaza y en la formación de memorias aversivas persistentes, un proceso que se altera progresivamente en estados de estrés crónico repetido (McEwen y Magarinos, 2001; Overall, 2013). La generalización contextual, mediante la cual el perro comienza a reaccionar con ansiedad anticipatoria en entornos o situaciones asociadas históricamente con el evento fóbico, es un proceso mediado por la conectividad hipocampo-amígdala (LeDoux, 1996; Dreschel y Granger, 2005). Esta generalización explica la respuesta anticipatoria que muchos tutores describen: el animal muestra signos de ansiedad intensa antes de que el tutor perciba el primer trueno, posiblemente en respuesta a las señales contextuales del ambiente que el hipocampo ha aprendido a asociar con la tormenta (Dreschel y Granger, 2005; Overall, 2013).

Componente propioceptivo y polimodal de la tormenta

Sección titulada «Componente propioceptivo y polimodal de la tormenta»

La tormenta eléctrica activa sistemas sensoriales adicionales más allá del auditivo, lo que hace que la fobia a las tormentas sea fisiopatológicamente distinta a otras fobias sonoras simples (Dreschel y Granger, 2005). Los cambios en la presión barométrica activan mecanorreceptores en el oído interno y en los tejidos articulares (Dreschel y Granger, 2005). La acumulación de electricidad estática en el pelaje genera estímulos electrotáctiles que el animal percibe sobre la superficie corporal (Overall, 2013).

Adicionalmente, los truenos reales producen infrasónidos y ondas de baja frecuencia que se propagan por el suelo y son percibidas somatosensorialmente a través de las patas y el abdomen del animal, componentes que los altavoces domésticos son físicamente incapaces de reproducir con fidelidad (Landsberg et al., 2013). Esta naturaleza polimodal implica que el protocolo terapéutico debe abordar todos los componentes del estímulo compuesto y no solo el componente acústico (Dreschel y Granger, 2005; Landsberg et al., 2013).


La sensibilidad a los ruidos posee una base poligénica heredable que ha sido documentada en estudios de asociación genómica en poblaciones caninas (Sarviaho et al., 2019; Tiira y Lohi, 2015). Las razas de pastoreo y algunos perros de caza presentan las prevalencias más altas de fobias sonoras, lo que sugiere una selección involuntaria de fenotipos de alta reactividad vinculada históricamente a la función pastoral (Tiira y Lohi, 2015; Duffy et al., 2008). Las razas con mayor prevalencia documentada incluyen el Buhund Noruego, el Soft Coated Wheaten Terrier Irlandés, el Lagotto Romagnolo, el Nova Scotia Duck Tolling Retriever, el Collie de Pelo Largo (Rough Collie) y el Pastor Australiano (Tiira y Lohi, 2015; Sarviaho et al., 2019; Salonen et al., 2020). Análisis epidemiológicos a gran escala incluyen también al Cairn Terrier como raza con alta susceptibilidad documentada (Salonen et al., 2020). Como contraparte, el Bóxer, el Gran Danés, el Crestado Chino, el Caniche Miniatura y el Pointer presentan frecuencias consistentemente más bajas de miedo a ruidos (Tiira y Lohi, 2015; Salonen et al., 2020).

Período sensible auditivo y experiencias tempranas

Sección titulada «Período sensible auditivo y experiencias tempranas»

El período sensible de socialización, que abarca desde la tercera hasta la decimosegunda semana de vida del cachorro, incluye una ventana crítica para la habituación a estímulos auditivos ambientales (Scott y Fuller, 1997; Appleby et al., 2002). Una exposición acústica insuficiente o un trauma auditivo durante esta etapa incrementan drásticamente el riesgo de desarrollar fobia sonora en la adultez (Gazzano et al., 2008; Riemer et al., 2021). El nacimiento en ambientes empobrecidos acústicamente, como criaderos rurales aislados o viviendas muy silenciosas, reduce la diversidad de experiencias sonoras durante la ventana de neuroplasticidad máxima (Appleby et al., 2002; Gazzano et al., 2008).

Estrés prenatal y programación neuroendocrina

Sección titulada «Estrés prenatal y programación neuroendocrina»

El estrés prenatal prolongado en la madre gestante puede alterar el eje HPA de los cachorros in utero, programando fenotipos de alta reactividad mediante mecanismos epigenéticos que reducen el umbral amígdalo-límbico para la activación del miedo (Bosch et al., 2007; Weinstock, 2008).

Comorbilidades frecuentes y progresión natural

Sección titulada «Comorbilidades frecuentes y progresión natural»

La comorbilidad más frecuente y documentada de la fobia sonora es la ansiedad por separación, con la que coexiste con una frecuencia significativamente superior a la esperada por azar, sugiriendo un sustrato neuroquímico parcialmente compartido (Flannigan y Dodman, 2001; Tiira y Lohi, 2015). La sensibilización también genera generalización hacia nuevos sonidos: un perro con fobia a los fuegos artificiales tiene alta probabilidad de desarrollar fobia a los truenos y a los disparos de arma de fuego (Overall, 2013; Mills et al., 2013). Una comorbilidad crítica que no debe ignorarse es el dolor crónico musculoesquelético, el cual puede disminuir los umbrales de tolerancia e inducir o exacerbar la fobia sonora en pacientes maduros (Barcelos et al., 2015). Sin tratamiento, la progresión natural de la fobia sonora es hacia la intensificación, la generalización a nuevos estímulos y la extensión temporal de la respuesta anticipatoria (Riemer et al., 2021).


Respuesta anticipatoria: antes del estímulo percibido por el tutor

Sección titulada «Respuesta anticipatoria: antes del estímulo percibido por el tutor»

Una característica clínicamente relevante de la fobia sonora, especialmente en la fobia a tormentas, es la respuesta anticipatoria que precede al evento por períodos que oscilan entre minutos y varias horas (Dreschel y Granger, 2005; Overall, 2013). El animal de compañía muestra signos de ansiedad creciente (búsqueda del tutor, inquietud, jadeo, incapacidad de instalarse) antes de que el primer trueno sea perceptible para el oído humano (Dreschel y Granger, 2005). Este fenómeno es mediado por señales contextuales aprendidas que el sistema nervioso del animal asocia con la tormenta inminente: cambios en la presión barométrica, alteraciones olfativas, oscurecimiento del cielo y reducción de la temperatura ambiental (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013).

Una vez que el estímulo acústico se hace presente, la fenomenología clínica sigue una escalada estructurada que en casos graves puede ser extremadamente rápida (Overall, 2013). Las señales tempranas incluyen relamerse los belfos, bostezar, desviar la mirada, inquietud leve y búsqueda de proximidad con el tutor (Mariti et al., 2012; Firnkes et al., 2012). A medida que la intensidad del estímulo aumenta o el animal no logra reducir su activación, la escalada progresa hacia jadeo intenso, temblores, hipersalivación, midriasis, taquicardia y piloerección (Dreschel y Granger, 2005; Beerda et al., 1998).

En casos de intensidad moderada a severa, el animal de compañía exhibe conductas de escape frenético que incluyen intentos de atravesar puertas, ventanas y paredes, rascado destructivo de superficies, y huida hacia espacios oscuros y confinados (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013). La búsqueda de refugio (debajo de muebles, en el baño, en el sótano, entre paredes) es un intento de reducir la percepción del estímulo acústico y del componente electrostático de la tormenta (Dreschel y Granger, 2005). En casos severos, los intentos de escape generan autolesiones por traumatismo mecánico: laceraciones en cojinetes, uñas arrancadas, luxaciones podales y traumatismos craneales (Overall, 2013). La incontinencia urinaria y fecal por pérdida de control esfinteriano refleja la intensidad extrema del pánico (Dreschel y Granger, 2005; Beerda et al., 1998).

Algunos perros manifiestan hiperactividad frenética durante el evento fóbico; otros exhiben catatonia o congelamiento completo (Overall, 2013). En ambos casos, la activación neurovegetativa intensa es equivalente; la diferencia topográfica refleja el repertorio conductual individual y la historia de aprendizaje del animal (Landsberg et al., 2013). La insensibilidad al dolor y a los estímulos sociales durante el pico del pánico es clínicamente relevante porque explica por qué los intentos del tutor de reconfortar verbalmente al animal durante el episodio agudo tienen efecto limitado (Overall, 2013).


Para un manejo clínico exitoso es imprescindible realizar un diagnóstico diferencial que permita distinguir la fobia sonora primaria de otras patologías que pueden presentar manifestaciones superficialmente similares (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013).

DiagnósticoCaracterísticas diferencialesClave diagnóstica
Fobia sonoraRespuesta invariable, pánica y desproporcionada ante estímulos acústicos específicos; recuperación lenta (Overall, 2013)Respuesta selectiva a sonidos específicos; sin ansiedad generalizada interepisódica
Ansiedad generalizadaHipervigilancia crónica sin estímulo específico; rara vez relajado en el entorno doméstico (Ohl et al., 2008)Ansiedad presente entre eventos sonoros; múltiples desencadenantes
Ansiedad por separación concurrenteDestrucción y vocalización solo en ausencia del tutor; fobia sonora puede coexistir (Flannigan y Dodman, 2001)Distinguir si la respuesta sonora solo ocurre en soledad o también con el tutor presente
Dolor crónico musculoesqueléticoUmbral reducido generalizado; el animal puede reaccionar exageradamente a estímulos sensoriales múltiples (Barcelos et al., 2015)Exploración física y ortopédica; respuesta a analgesia diagnostica el componente doloroso
Patología neurológicaConvulsiones asociadas a sonidos; afectación de otros sentidos; signos neurológicos focales (Landsberg et al., 2013)Evaluación neurológica completa; electroencefalograma si hay sospecha
Trastorno por estrés postraumáticoHistoria de trauma acústico identificable; instauración aguda; posible respuesta a múltiples estímulos contextuales del trauma (Overall, 2013)Cronología: evento traumático discreto → inicio del cuadro

La evaluación clínica exige una anamnesis minuciosa que mapee los estímulos desencadenantes específicos, la cronología de aparición del problema, la progresión de la intensidad y los intentos de manejo previos por parte del tutor (Overall, 1997; Landsberg et al., 2013). Es fundamental documentar si la respuesta anticipatoria precede al estímulo perceptible para los humanos, qué conductas específicas exhibe el animal durante el evento, cuánto tiempo demora en recuperar la homeostasis tras el cese del ruido, y si la fobia se ha generalizado a nuevos sonidos (Dreschel y Granger, 2005; Overall, 2013).

La historia clínica debe incluir: edad de inicio, sonido(s) desencadenante(s) primario(s), velocidad de escalada de la respuesta, signos autonómicos presentes, conductas de escape o autolesión, respuesta durante la crisis ante el contacto con el tutor, y efecto de intentos previos de manejo farmacológico o conductual (Overall, 1997).

Se recomienda el uso de herramientas validadas como el C-BARQ (Canine Behavioral Assessment and Research Questionnaire) para cuantificar la subescala de miedo a ruidos no sociales y obtener una puntuación basal objetiva que permita monitorizar la evolución clínica (Hsu y Sun, 2010; Tiira y Lohi, 2015). La Lincoln Sound Sensitivity Scale (LSSS) permite evaluar específicamente la frecuencia e intensidad de las respuestas ante estímulos acústicos predefinidos (Mills et al., 2013).

Es obligatorio descartar patología médica subyacente que pueda bajar el umbral de activación del sistema de alarma (Barcelos et al., 2015). La exploración ortopédica y neurológica es especialmente importante en animales de mediana y avanzada edad, porque el dolor crónico articular puede reducir significativamente los umbrales de tolerancia sensorial y exacerbar cuadros de fobia sonora previamente compensados (Barcelos et al., 2015; Camps et al., 2012). La evaluación auditiva básica descarta patologías del oído medio o interno que pudieran generar hiperacusia (Overall, 2013).

Se recomienda solicitar al tutor grabaciones de video del animal durante o inmediatamente antes de los eventos fóbicos, ya que la observación directa de la fenomenología permite al clínico estimar la intensidad de la respuesta autonómica, la velocidad de escalada y las conductas de escape, datos que el tutor frecuentemente subestima en la anamnesis verbal (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013). La construcción de una escala de sonidos ordenada por intensidad de respuesta, de la que el tutor informa, es el primer paso para diseñar el gradiente acústico del protocolo DS/CC (Landsberg et al., 2013).


El tratamiento de la fobia sonora requiere un abordaje multimodal que combine modificación conductual a largo plazo con manejo ambiental durante las crisis y soporte farmacológico ajustado a la intensidad del cuadro (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013).

El proceso de desensibilización sistemática (DS) para la fobia sonora utiliza grabaciones de audio del estímulo fóbico como herramienta de exposición controlada (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013). El gradiente acústico se establece comenzando con reproducciones a una intensidad de volumen submáxima, por debajo del umbral de respuesta de miedo, donde el animal de compañía no reaccione de forma inapropiada ni muestre signos de activación autonómica (Landsberg et al., 2013). Inicialmente puede ser útil comenzar con sonidos que se asemejen, pero no sean idénticos, al estímulo fóbico primario, para facilitar la habituación progresiva a las características acústicas del desencadenante (Overall, 2013).

Las dimensiones del gradiente que pueden manipularse de forma independiente incluyen: volumen (intensidad acústica en dB), distancia a la fuente del sonido, duración del estímulo y timbre o calidad espectral de la grabación (Landsberg et al., 2013). La graduación debe ser suficientemente fina como para garantizar que el animal permanezca consistentemente por debajo de su umbral de pánico en cada paso (Overall, 2013).

El Contracondicionamiento Clásico (CC) se integra simultáneamente a la DS emparejando la exposición subumbral del estímulo acústico con la entrega inmediata de un reforzador de alta valencia biológica (alimento muy palatable, juego, o señales de seguridad del tutor) para generar una asociación emocional positiva que compita con la representación aversiva del sonido (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013). El emparejamiento debe ser consistente y la presentación del reforzador debe seguir inmediatamente a la presentación del estímulo acústico para que la contingencia sea biológicamente relevante (Overall, 2013).

Las sesiones deben ser breves (5 a 15 minutos) y frecuentes (varias veces por semana), ya que la frecuencia de las sesiones es un mejor predictor de éxito clínico que la duración de cada sesión individual (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013). El criterio de avance al siguiente nivel del gradiente es estricto: el animal debe exhibir lenguaje corporal completamente relajado (sin jadeo, temblor, relamerse los belfos o búsqueda de escape) durante múltiples repeticiones consecutivas antes de aumentar la intensidad del estímulo (Overall, 2013; Herron y Shreyer, 2014).

Si el animal muestra cualquier signo de activación autonómica, el protocolo debe retroceder al nivel previo, ya que la exposición supraumbral genera sensibilización en lugar de desensibilización (Overall, 2013).

Limitaciones del protocolo con grabaciones: el problema de la tormenta

Sección titulada «Limitaciones del protocolo con grabaciones: el problema de la tormenta»

El componente polimodal de la tormenta eléctrica (presión barométrica, electricidad estática, relámpagos) no puede replicarse mediante grabaciones de audio (Dreschel y Granger, 2005; Overall, 2013). A ello se suma que los truenos reales generan infrasónidos y ondas de baja frecuencia percibidas somatosensorialmente a través del suelo, frecuencias que los altavoces domésticos son incapaces de reproducir (Landsberg et al., 2013). Por estas razones, la respuesta a la DS/CC sonora para tormentas suele ser parcial: el perro puede tolerar la grabación del trueno en la sala pero sigue reaccionando durante las tormentas reales (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013). El protocolo debe complementarse con estrategias específicas para los componentes no acústicos (Dreschel y Granger, 2005).

Refuerzo diferencial: tipos y aplicación clínica

Sección titulada «Refuerzo diferencial: tipos y aplicación clínica»

El refuerzo diferencial refuerza selectivamente conductas que compiten con la respuesta problemática, sometiéndola a extinción (Miltenberger, 2008; Cooper et al., 2009):

  • DRO (Otra Conducta): premia cualquier respuesta no problemática; técnica de elección inicial cuando la activación emocional es alta.
  • DRI (Conducta Incompatible): premia una conducta físicamente excluyente; el animal no puede ejecutar ambas simultáneamente.
  • DRA (Conducta Alternativa): premia una conducta alternativa específica, no necesariamente incompatible.

En la fobia sonora, el refuerzo diferencial se integra al protocolo DS/CC para instalar respuestas activas de afrontamiento que compitan con el pánico (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013). El DRI y el DRA son especialmente valiosos: enseñar al animal a ir voluntariamente a su zona segura (transportín cubierto, habitación interior sin ventanas) e interactuar con un juguete masticable de alta motivación le proporciona una tarea conductual específica incompatible con las respuestas de escape, autolesión o destrucción (Cooper et al., 2009; Overall, 2013). El DRO se aplica durante las sesiones de grabación controlada a volumen subclínico: se premia cualquier conducta de calma (mirar al tutor, olfatear, permanecer recostado) mientras el sonido fobógeno suena a intensidad no activante, reforzando la tolerancia emocional y generando contracondicionamiento respondiente (Landsberg et al., 2013). Limitación importante: los sonidos reales de tormenta son polimodales (incluyen componentes infrasónicos, electromagnéticos y propioceptivos no replicables con grabaciones), lo que puede limitar la generalización del DRO/DRA entrenado con grabaciones a eventos naturales; el protocolo de manejo de crisis aguda descrito a continuación complementa este gap (Overall, 2013; Dreschel y Granger, 2005).

Durante un evento real, el objetivo es minimizar la exposición y la percepción del estímulo fóbico, dado que la activación supraumbral interfiere completamente con cualquier proceso de aprendizaje (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013). El manejo de emergencia incluye las siguientes estrategias:

Refugio designado: Se debe habilitar y entrenar previamente un lugar seguro (habitación interior, sótano, armario) donde el perro pueda retirarse durante el evento (Dreschel y Granger, 2005). Las ventanas deben permanecer cerradas para reducir estímulos luminosos y la música o el ruido blanco pueden enmascarar parcialmente el sonido del trueno o los fuegos artificiales (Landsberg et al., 2013).

Contacto y confort: Está documentado que el contacto táctil y el confort del tutor durante la crisis no refuerzan ni empeoran el miedo; al contrario, pueden reducir parcialmente la activación autonómica y son clínicamente recomendables (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013). El tutor no debe castigar ni ignorar al animal durante la crisis.

Compresión corporal: El uso de prendas de presión como el ThunderShirt o el Anxiety Wrap ejerce un efecto calmante mediante terapia de presión táctil profunda (Deep Touch Pressure), que estimula mecanorreceptores cutáneos e induce modulación parasimpática con reducción de frecuencia cardíaca y excitación autonómica (Landsberg et al., 2013; Mills et al., 2013). Ensayos clínicos controlados han documentado reducciones estadísticamente significativas en jadeo, deambulación y tiempo de ocultamiento en comparación con grupos sin compresión (Landsberg et al., 2013). La efectividad percibida por el tutor se estima en el 44 % en estudios de campo, y la prenda actúa como herramienta adyuvante dentro de un protocolo multimodal; raramente es suficiente como intervención única para fobias severas (Mills et al., 2013). Advertencia clínica: observar cuidadosamente que el perro esté relajado y no en un estado de inhibición, congelamiento (freezing) o sideración causado por la incomodidad de la prenda, lo cual puede enmascarar el pánico interno y ser malinterpretado como relajación por el tutor (Masson et al., 2024).

Protección antiestática: La capa Storm Defender y similares reducen la acumulación de electricidad estática en el pelaje, abordando el componente electrotáctil de la tormenta que las grabaciones de audio no pueden replicar (Overall, 2013; Dreschel y Granger, 2005).


La intervención farmacológica es frecuentemente indispensable para mitigar el pánico durante la crisis, facilitar los procesos de aprendizaje durante el protocolo DS/CC y mejorar el bienestar del animal durante períodos de alta exposición al estímulo fóbico (Simpson y Papich, 2003; Overall, 2013).

Mecanismo: Agonista selectivo de los receptores adrenérgicos α-2 que inhibe la liberación de noradrenalina en el sistema nervioso central, mitigando la respuesta simpática del pánico sin producir sedación clínica significativa a las dosis aprobadas (Korpivaara et al., 2017; Overall, 2013). La dexmedetomidina oromucosal es el único fármaco aprobado por la FDA y la EMA específicamente para el tratamiento de la aversión a ruidos en perros (Korpivaara et al., 2017).

Dosis y administración: Se administra en gel a una dosis de 125 mcg/m² aplicados sobre la mucosa oral (entre la mejilla y las encías) sin deglutir (Korpivaara et al., 2017). La dosis puede repetirse cada 2 horas hasta un máximo de 5 aplicaciones en un mismo evento (Korpivaara et al., 2017). Se aplica 30 a 60 minutos antes del ruido anticipado, o inmediatamente cuando el animal comience a exhibir los primeros signos de ansiedad anticipatoria (Korpivaara et al., 2017; Overall, 2013).

Eficacia: Estudios clínicos doble ciego controlados con placebo demostraron una eficacia excelente o buena en el 72 % al 75 % de los perros tratados, frente al 33 % al 37 % del grupo placebo, con reducción significativa de jadeo, temblores, vocalizaciones y conductas de escape (Korpivaara et al., 2017). Es el fármaco situacional de primera elección para la mayoría de los casos de fobia sonora por su perfil de seguridad, su mecanismo no desinhibidor y su eficacia demostrada (Korpivaara et al., 2017; Overall, 2013).

Contraindicaciones: Bradicardia preexistente, hipotensión, enfermedades cardiovasculares avanzadas, uso concomitante con otros agonistas α-2 (Korpivaara et al., 2017).

Mecanismo: Benzodiazepina de acción rápida y corta con efecto panicolítico agudo; actúa como modulador positivo de los receptores GABA-A reduciendo la excitabilidad del sistema límbico (Crowell-Davis et al., 2003; Simpson y Papich, 2003).

Dosis y timing: 0.02 a 0.1 mg/kg vía oral, administrado idealmente 1 a 2 horas antes de la exposición anticipada al estímulo, dado que la eficacia panicolítica requiere alcanzar concentración plasmática activa antes del inicio del evento fóbico (Crowell-Davis et al., 2003; Simpson y Papich, 2003). La dosis total no debe exceder 4 mg/día por perro, independientemente del peso corporal (Simpson y Papich, 2003). La administración durante el pico del pánico tiene eficacia reducida por las alteraciones en la absorción gastrointestinal asociadas a la activación simpática intensa (Simpson y Papich, 2003).

Eficacia: Reportes de propietarios estiman efectividad percibida de hasta el 91 % (Crowell-Davis et al., 2003). En combinación con clomipramina y DS/CC logró mejoras significativas en 30 de 32 perros con fobia a tormentas (Crowell-Davis et al., 2003).

Riesgo de desinhibición: En perros con antecedentes de agresividad, el alprazolam conlleva riesgo documentado de desinhibición conductual por supresión del miedo que frenaba la expresión agresiva (Herron et al., 2008; Simpson y Papich, 2003). Este riesgo es menor en casos de fobia sonora sin comorbilidad agresiva, pero debe evaluarse antes de prescribir (Overall, 2013). Otros efectos adversos incluyen amnesia anterógrada, tolerancia con uso repetido y agitación paradójica en un subgrupo de pacientes (Simpson y Papich, 2003).

Mecanismo: Antidepresivo atípico antagonista e inhibidor de la recaptación de serotonina (SARI) con propiedades ansiolíticas y sedantes moderadas (Gruen y Sherman, 2008).

Dosis y timing: 2 a 5 mg/kg (hasta 10 mg/kg) cada 8 a 24 horas, administrada 1 a 2 horas antes del evento anticipado; el pico de eficacia clínica se observa entre los 90 y 120 minutos post-administración (Gruen y Sherman, 2008; Overall, 2013). La dosis por toma no debe exceder 300 mg totales para evitar efectos adversos severos (Gruen y Sherman, 2008).

Eficacia: Estudios retrospectivos comparativos reportan entre el 75 % y el 87.5 % de éxito clínico para el manejo del miedo a fuegos artificiales (Gruen y Sherman, 2008). La trazodona es especialmente útil como adyuvante de la dexmedetomidina en casos de intensidad moderada a severa, y como alternativa al alprazolam en pacientes con comorbilidad agresiva donde las benzodiazepinas están contraindicadas (Overall, 2013).

Precaución: Uso con extrema cautela en combinación con ISRS por riesgo de síndrome serotoninérgico (Gruen y Sherman, 2008).

Mecanismo: Inhibidor Selectivo de la Recaptación de Serotonina (ISRS) que eleva el tono serotoninérgico basal y reduce la reactividad amígdalo-límbica, facilitando la consolidación cognitiva del aprendizaje durante la terapia conductual (Irimajiri et al., 2009; Overall, 2013).

Indicaciones: La fluoxetina de base está indicada cuando la fobia sonora es de alta frecuencia estacional, cuando coexiste con ansiedad generalizada, trastorno de pánico o impulsividad, o cuando el gradiente de DS/CC no avanza por exceso de reactividad basal (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013).

Dosis y timing: 0.5 a 2.0 mg/kg vía oral cada 24 horas (Irimajiri et al., 2009; Simpson y Papich, 2003). Requiere 4 a 8 semanas de administración continua diaria para alcanzar eficacia clínica plena; no tiene uso a demanda (Overall, 2013). Su efecto no es panicolítico agudo sino que opera sobre la reactividad basal a largo plazo (Simpson y Papich, 2003).

Eficacia: Eleva el umbral de reactividad ante estímulos ambientales y mejora la plasticidad sináptica que facilita el aprendizaje en el protocolo DS/CC (Irimajiri et al., 2009; Overall, 2013).

Mecanismo: Agonista parcial de baja afinidad por el receptor de benzodiazepinas (GABA-A) aprobado específicamente para el manejo de la fobia a ruidos en perros por la FDA y la EMA (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013).

Dosis y timing: La dosis aprobada en los ensayos de registro es de 30 mg/kg dos veces al día iniciando 2 días antes del evento acústico predecible (Landsberg et al., 2013). Corrección clínica: iniciar directamente con 30 mg/kg BID produce ataxia en una proporción significativa de pacientes, con abandono del tratamiento por parte de los tutores. McPeake y Mills (2017) recomiendan iniciar con 10-20 mg/kg BID y titular al alza según respuesta individual, especialmente en tratamientos de mantenimiento de temporada (McPeake y Mills, 2017).

Eficacia: Un ensayo clínico multicéntrico aleatorizado y controlado con placebo demostró que el 66 % de los tutores reportaron efecto ansiolítico de bueno a excelente, frente al 25 % del grupo placebo (Landsberg et al., 2013; Overall, 2013). El imepitoin proporciona efectos panicolíticos sin los riesgos de tolerancia, dependencia o potencial de abuso propios de las benzodiazepinas clásicas (Overall, 2013).

FármacoMecanismoDosisTimingIndicación principalEvidencia
Dexmedetomidina oromucosalAgonista α-2125 mcg/m² mucosa oral30-60 min antes o al inicioPrimera elección situacionalAprobación FDA/EMA; ECA doble ciego (Korpivaara et al., 2017)
AlprazolamBZD-GABA-A0.02-0.1 mg/kg VO1-2 h antesAlternativa; cautela si hay agresividadSeries clínicas; 91% efectividad percibida (Crowell-Davis et al., 2003)
TrazodonaSARI2-5 mg/kg VO1-2 h antesAdyuvante; alternativa a BZD75-87.5% éxito (Gruen y Sherman, 2008)
ImepitoinAgonista parcial GABA-A30 mg/kg 2×/día2 días antesEventos predecibles; alternativa a BZDECA multicéntrico (Landsberg et al., 2013)
FluoxetinaISRS0.5-2.0 mg/kg VO c/24 hInicio 4-8 sem antesBase + AG concurrenteSeries clínicas (Irimajiri et al., 2009)

Fuentes: Korpivaara et al., 2017; Crowell-Davis et al., 2003; Gruen y Sherman, 2008; Landsberg et al., 2013; Irimajiri et al., 2009.

La psicofarmacoterapia es una herramienta de alto impacto clínico, pero su prescripción exige criterios de inclusión estrictos. Las siguientes situaciones representan contraindicaciones absolutas o relativas (Crowell-Davis y Murray, 2006; Simpson y Papich, 2003):

Conducta biológicamente normal: Un nivel moderado de alerta ante truenos o fuegos artificiales es biológicamente normal; los psicofármacos no están indicados para eliminar el miedo adaptativo de baja intensidad que no interfiere con las actividades diarias del animal (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013).

Ausencia de plan de modificación conductual: Nunca se prescribe psicofarmacoterapia como tratamiento único (Simpson y Papich, 2003; Overall, 2013). Los fármacos situacionales reducen la intensidad del pánico agudo y facilitan el aprendizaje, pero no modifican la representación emocional del sonido fobógeno a largo plazo. La combinación DS/CC + fármaco produce resultados clínicamente superiores a cualquiera de los dos solos (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013).

Severidad leve con exposición controlable: Cuando los eventos son predecibles y poco frecuentes, y el animal puede gestionarse con manejo ambiental solo (refugio designado, música de enmascaramiento), la farmacoterapia situacional puede ser opcional (Overall, 2013).

Contraindicaciones médicas:

  • Hepatopatía: el metabolismo de ISRS y ATC está deteriorado; las benzodiacepinas por vía oral son contraindicación absoluta en gatos por riesgo documentado de necrosis hepática idiopática aguda y fatal (Crowell-Davis y Murray, 2006).
  • Cardiopatía: los antidepresivos tricíclicos prolongan el intervalo QT y están contraindicados en arritmias o enfermedad cardíaca estructural (Crowell-Davis y Murray, 2006).
  • Epilepsia y trastornos convulsivos: ISRS, ATC y fenotiazinas disminuyen el umbral convulsivo; la dexmedetomidina también requiere evaluación cuidadosa en epilépticos (Podell, 2004; Crowell-Davis y Murray, 2006).
  • Nefropatía: la gabapentina requiere reajuste de dosis en insuficiencia renal para evitar acumulación tóxica (Crowell-Davis y Murray, 2006).

Agresividad activa y benzodiacepinas: En animales con historial de agresividad, las benzodiacepinas (alprazolam incluido) conllevan riesgo documentado de desinhibición conductual: la supresión del miedo puede eliminar la inhibición que frenaba la expresión agresiva, produciendo mordidas impredecibles (Herron et al., 2008; Simpson y Papich, 2003). En fobia sonora sin comorbilidad agresiva este riesgo es menor, pero debe evaluarse en cada caso.

Riesgo de síndrome serotoninérgico: La combinación simultánea de ISRS + ATC, o cualquiera de estos con selegilina o amitraz sin respetar los períodos de lavado obligatorios, puede desencadenar un síndrome serotoninérgico letal (Simpson y Papich, 2003; Crowell-Davis y Murray, 2006).

Gestación y lactancia: La mayoría de los psicofármacos atraviesan la barrera placentaria y se excretan en leche materna; contraindicados en hembras gestantes o lactantes (Crowell-Davis y Murray, 2006).


Los factores asociados a una respuesta favorable al tratamiento incluyen: instauración relativamente reciente del cuadro, ausencia de sensibilización generalizada a múltiples sonidos, alto nivel de compliance del tutor para ejecutar el protocolo DS/CC, capacidad del tutor para anticipar los eventos fóbicos con suficiente margen para la medicación situacional, y ausencia de comorbilidades médicas que reduzcan el umbral de tolerancia (Overall, 2013; Landsberg et al., 2013; Riemer et al., 2021).

Los factores asociados a un pronóstico desfavorable incluyen: cronicidad avanzada con sensibilización a múltiples estímulos sonoros, comorbilidad con ansiedad generalizada grave, coexistencia de dolor crónico no controlado, razas con alta carga genética de reactividad, respuesta anticipatoria de inicio muy temprano que impide la administración oportuna del fármaco situacional, y antecedentes de exposición a castigo durante episodios de miedo (Overall, 2013; Riemer et al., 2021).

La progresión natural sin tratamiento es consistentemente negativa: la intensidad de la respuesta aumenta, la generalización a nuevos estímulos se expande y la ventana de respuesta anticipatoria se alarga (Riemer et al., 2021; Dreschel y Granger, 2005). La prevalencia mayor en perros de mayor edad refleja este proceso de sensibilización progresiva a lo largo del tiempo (Tiira y Lohi, 2015). El pronóstico empeora también si el tutor ha utilizado castigo o inundación durante episodios previos, ya que estas intervenciones incrementan el nivel basal de ansiedad y pueden eliminar señales de advertencia previas al pánico (Herron et al., 2009; Overall, 2013).


La fobia sonora genera sufrimiento crónico e intermitente que puede afectar gravemente la calidad de vida del animal de compañía, especialmente en regiones con alta frecuencia estacional de tormentas o con tradición cultural de uso de fuegos artificiales (Dreschel, 2010; Mills et al., 2013). La naturaleza impredecible de algunos detonantes (tormentas, disparos espontáneos) priva al animal de toda posibilidad de control conductual sobre su exposición al estímulo, lo que potencia el componente de incontrolabilidad percibida que mantiene y agrava el cuadro fóbico (Overall, 2013; Dreschel, 2010).

Someter indefinidamente a un organismo a episodios repetidos de pánico extremo sin intervención terapéutica atenta directamente contra las cinco libertades fundamentales del bienestar animal, específicamente el derecho a estar libre de miedo y angustia (Dreschel, 2010; Moberg y Mench, 2000). La fobia sonora nunca debe ser normalizada como una característica “de personalidad” del perro ni ignorada bajo el supuesto de que el animal “ya se acostumbrará” (Riemer et al., 2021). La intervención temprana y el tratamiento activo constituyen una obligación ética del equipo veterinario, independientemente de la frecuencia o estacionalidad de los eventos fóbicos (Dreschel, 2010; Overall, 2013).

El impacto en la calidad de vida se extiende también al tutor y al vínculo humano-animal: el sufrimiento del animal genera angustia en el tutor, interfiere con el sueño de la familia durante las tormentas nocturnas y puede comprometer la decisión de continuar la convivencia (Mills et al., 2013). El abordaje clínico compasivo, centrado en el bienestar del animal y en el fortalecimiento del vínculo tutor-paciente, es el estándar ético de la medicina del comportamiento veterinaria contemporánea (Herron y Shreyer, 2014; Riemer et al., 2021).


Ver también: Miedo y Ansiedad · Emoción en el perro · Desensibilización y Contracondicionamiento · Ansiedad por Separación · Dexmedetomidina en etología clínica · Fluoxetina en etología clínica · Período sensible de socialización · Ansiedad Generalizada · Señales de calma · Bienestar animal en el perro


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